Aquella primavera árabe llena de promesas y esperanzas se ha vuelto estos días una oscura tormenta para Estados Unidos, un temporal en el que el presidente, Barack Obama, intenta mantener el control de su timón.
Obama y Clinton, en la ceremonia de recibimiento de los cuerpos de las víctimas de Bengasi, ayer. REUTERS / JASON REED
Información publicada en la página 13 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 15 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Ayer lo hizo en un día salpicado por falsas amenazas de bomba que llevaron a evacuar campus universitarios, uno en Dakota del Norte y otro en Texas, donde quien hizo la llamada se identificó con Al Qaeda. Era el día en que 50 marines volaban hacia Saná para proteger la embajada en Yemen, uno de los países, junto a Pakistán y Somalia, donde más activa, más letal para civiles y más incendiaria en la sociedad ha sido su guerra de drones.
Ayer circulaban por los cables diplomáticos las órdenes de revisión de las medidas de seguridad en las 400 misiones estadounidenses repartidas por el mundo. Y regresaban a suelo estadounidense cuatro féretros, envueltos en banderas de barras y estrellas, con los cadáveres del embajador en Libia, Chris Stevens, y los otros tres diplomáticos muertos el martes en el asalto al consulado en Bengasi.
SOBRIA CEREMONIA / En la sobria ceremonia de recibimiento de los cuerpos en un hangar de la base Andrews, en Maryland, Obama abrió y cerró una breve intervención con una cita bíblica. Pero en medio de esa referencia se esmeró por enviar un mensaje terrenal, tanto a la parte del mundo árabe que aprovechando las revueltas contra una película blasfema ha hallado una vía violenta para expresar sentimientos contra EEUU como a los gobiernos de la región, a su rival político y a los estadounidenses.
Obama renovó su promesa de que «se hará justicia». Aseguró que «incluso en el dolor, EEUU será decidido». Recordó a los países árabes que «tienen la obligación de dar seguridad» a sus misiones diplomáticas. Y lanzó su mensaje: «Estados Unidos es un amigo, y no solo nos importa nuestro propio país, nuestros propios intereses», dijo. «Incluso cuando las voces de la sospecha y la desconfianza buscan dividir países y culturas, EEUU nunca se retirará del mundo. Nunca dejaremos de trabajar por la dignidad y la libertad de que merece cada persona, sea cual sea su credo, sea cual sea su fe. Esa es la esencia del liderazgo estadounidense».
Trataba de acallar así a los republicanos, encabezados por el candidato con que se mide el 6 de noviembre, Mitt Romney, que le acusa cada vez más insistentemente de debilitar ese liderazgo. Y lo hacía poco después de que Hillary Clinton, en esa misma ceremonia, pronunciara una frase que responde también a críticas republicanas. «Dieron su vida por nuestro país y nuestros valores», dijo la secretaria de Estado, que además quiso reavivar el espíritu de la primavera árabe apelando a los ciudadanos que «no cambiaron la tiranía de un dictador por la de una turba».