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HISTORIA DE UN CAUTIVERIO (1)

"Por supuesto que eres un rehén"

PRIMERAS HORAS DEL SECUESTRO. Con esta crónica, Marginedas abre una serie sobre su secuestro que aparecerá cada día y hasta el jueves en la sección de Internacional.

MARC MARGINEDAS

Domingo, 15 de marzo del 2015

Marc Marginedas, en Siria, en la única foto sobre el terreno tomada con una Blackberry.

Acostarse rodeado de guerreros yihadistas tumbados en colchones, con un guardián en la puerta armado con un fusil de asalto vigilando todos y cada uno de tus movimientos, hace imposible el reposo. A lo máximo a lo que puede aspirar uno es a dejarse llevar por un ligero duermevela, en una vigilia plagada de sobresaltos y desvelos. Y ello, pese a que el día anterior había sido intenso y agotador. Interrogatorios, conversaciones --hasta aquel momento amables-- que no llevaban a ninguna conclusión, cena copiosa en compañía de los combatientes, y un trato aceptable, aunque trufado de sutiles amenazas.

Aquellos guerreros que me retenían desde la media tarde anterior en un puesto avanzado del Estado Islámico para Irak y el Levante en las proximidades de la fortaleza bizantina de Qasr ibn Wardan, cerca de Hama, en el centro de Siria, no guardaban similitud alguna con las 'katibas' (brigadas) que normalmente acogían y guiaban a los periodistas foráneos que se internaban en las zonas de Siria bajo control rebelde. Muchos de ellos eran extranjeros, de otros países árabes o venidos incluso del Cáucaso, parecían mucho mayores que los pipiolos soldados de reemplazo integrados en el Ejército Sirio Libre, estaban mejor alimentados, su destreza con el manejo de armas era a todas luces superior y alternaban hostilidad con amabilidad, intercalando las buenas palabras con admoniciones nada veladas. Imposible establecer con ellos algún vínculo de complicidad.

El periodista Marc Marginedas, enviado especial de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA a zonas de conflicto.

"MIRA LO QUE LES HACEMOS A LOS PRISIONEROS"

"Tú no eres un rehén; tú eres un huésped, porque mira lo que les hacemos a los prisioneros", me había espetado un combatiente de alto rango durante una de las interminables interpelaciones de la jornada anterior. Y mientras hablaba, y con la manifiesta intención de amedrentarme, me llegó a mostrar un vídeo, almacenado en la memoria de su teléfono móvil, en el que se veía a un hombre encapuchado, amenazando con un cuchillo a un preso de voluminosas proporciones, maniatado y ensangrentado, gritando, a punto de ser decapitado. "El encapuchado soy yo", continuó, sonriente e impasible, mi interlocutor. Llevaba un cinturón con explosivos adosado al cuerpo, artilugio del que también hacía ostentación.

Parecía llevar la voz cantante en el grupo. Tenía el pelo rizado, casi a lo afro, y le faltaban numerosas piezas dentales en el maxilar superior. Todo ello, combinado con unos diálogos plagados de encerronas y trampas, acababa formando una extraña combinación, algo así como si un delincuente común, un ratero de barrio y un sofisticado e inteligente psicópata se reunieran extrañamente en un mismo individuo.

Así las cosas, mi primer amanecer en calidad de rehén del Estado Islámico para Irak y el Levante fue rotundo y brillante. Septiembre es un mes de intenso calor en los desiertos del centro de Siria y, a medida que el día avanzaba y la canícula estival se hacía sentir en la piel, iban desfilando por aquel edificio en medio del páramo un buen número de guerreros del ISIS, de aspecto taciturno y largas barbas. Era como si la noticia del apresamiento de un reportero español hubiera cundido entre las unidades de combatientes yihadistas estacionadas en los alrededores, suscitando la curiosidad de los milicianos de la región.

PARTIDARIOS DE LA LIBERACIÓN

Todos los que pasaban por aquel lugar miraban al cautivo con una mezcla de huroneo y desdén, continuándose el debate, iniciado la tarde-noche anterior, sobre la suerte que debía correr el recién apresado. Muchos de los sirios, situados quizá en el escalón de mando más bajo de la unidad de combate, se habían mostrado partidarios de la liberación. Un combatiente venido, según decía, de una república caucásica y acompañado con su hijo de una decena de años, al que pretendía "instruir en la yihad", me explicó en privado sus reparos por la detención de un reportero que, según reiteraba una y otra vez, tan solo había venido a transmitir el sufrimiento de la población civil siria y no a desvelar ningún secreto del combate oculto que islamistas de todo el mundo mantenían entonces en Siria, en frágil alianza con las facciones rebeldes moderadas sirias.

"Sé que eres un periodista y no un espía; pero yo aquí no tengo ningún poder", me llegó a admitir. Sobre la media mañana, poco antes del almuerzo, aparecieron dos hombres. Por la edad que tenían --ambos superaban la treintena-- y el respeto que inspiraban entre la tropa, saltaba a la vista que eran el equivalente a comandantes regionales del ISIS, gente con capacidad de decisión acerca de mi caso. Todos los reporteros que trabajábamos en las zonas de Siria bajo control rebelde desde el 2012 sabíamos, gracias a colegas que habían pasado por experiencias similares, que una retención por un grupo yihadista podía solucionarse de dos maneras: o con una liberación en las horas o días siguientes a la captura, o con un secuestro de larga duración, llegándose a perder completamente el rastro del reportero. Sin saber demasiado el porqué, el instinto me empujó a intentar ganarme a aquellos dos mandamases, buscando suscitar su interés e incluso su piedad.

"¿Puedo considerarme a partir de ahora un rehén?", pregunté, casi en tono de ruego.

"Por supuesto que eres un rehén", respondió, de inmediato, uno de ellos, con una risa burlesca. "Y no pretendas hacerte el simpático; yo a ti no te quiero; yo a quienes quiero son a mis hermanos que han venido a luchar", dijo mi interlocutor, señalando a los dos combatientes originarios del Cáucaso.

"AHORA TE VAMOS A MATAR"

"Yo solo he venido a Siria a explicar al mundo exterior el sufrimiento de los civiles sirios; he venido antes en dos ocasiones, me han acogido las milicias del Ejército Sirio Libre; pregúnteles a ellos, nunca he tenido problemas", le había insistido yo antes.
"Tú has entrado dos veces anteriores en Siria y te ha salido bien; pero ahora te vamos a matar", me amenazó.

Por primera vez, la palabra "muerte" aparecía en los labios de uno de mis captores. Y lo hacía en unos términos que se asemejaban a una alocución pronunciada por un funcionario del régimen sirio, indignado por las constantes entradas ilegales de periodistas en el territorio de su país para poner al descubierto las atrocidades cometidas por las Fuerzas Armadas gubernamentales, más que a un razonamiento propio de un yihadista. No había ninguna alusión a mi religión cristiana, que a ojos de un musulmán takfiri me inhabilitaba para trabajar como reportero en 'Dar al Islam' --en lengua árabe, el territorio donde habitan los musulmanes-- y que tantas veces escucharía en los meses venideros.

En su parlamento tan solo identificaba ira y desprecio por haber entrado y salido de Siria en dos ocasiones anteriores. En resumen, por haberme salido con la mía. En aquel instante, más que en manos de la milicia islamista más extremista que combatía en el país árabe, tuve la impresión de que me hallaba en un centro de detención adscrito al Directorio Nacional de Seguridad, la principal policía política del régimen. Y la acusación que se esgrimía contra mí --el espionaje-- era el trato que el régimen de Asad había prometido a los reporteros que fueran arrestados en zona de guerra acompañando a unidades rebeldes y carecieran de visado emitido por el régimen de Damasco.

Es imposible demostrar, más allá de toda duda, que alguno de los individuos vinculados con mi captura fuera en realidad un agente doble trabajando para el régimen sirio. El Estado sirio cuenta con seis organizaciones dedicadas a tareas referidas a la seguridad interna, y se sabe muy poco de ellas porque funcionan de forma independiente y opaca, con el objetivo de mejorar la seguridad del Estado y evitar que dependa en exceso de alguna de ellas; sí se conoce, en cambio, que decenas de miles de ciudadanos han sido enrolados en los diferentes cuerpos secretos sirios, puede incluso que lleguen a ser cientos de miles.

UNA VENDA EN LOS OJOS

Un dato da cuenta de su enormidad respecto al tamaño del país: según globalsecurity.org, en los años 80, solo en el Directorio Nacional de Seguridad, trabajaban 25.000 personas. Observadores, analistas y servicios de espionaje occidentales dan por descontando que las agencias de seguridad siria se han infiltrado en las filas de las milicias del Estado Islámico, aunque nadie ha determinado públicamente si tienen capacidad de influir en la toma de decisiones y en qué sentido.

Pese a que son pocas las certezas que existen cuando se habla de los servicios secretos sirios, en muchas ocasiones las percepciones podrían estar muy cerca de la realidad. Lo cierto fue que, un par de horas después de aquel extraño e inquietante diálogo, se me informó de que sería trasladado a la ciudad de Alepo para ser interrogado.

Y mientras caminaba hacia la furgoneta 'pick up' que me conduciría hasta la segunda ciudad siria, el otro mandamás me cogió de los antebrazos, los maniató a la espalda, al tiempo que me cubría los ojos con una venda. Lo hizo por detrás, casi a traición, intentando con ello suscitar nuevas dosis de terror antes de emprender el viaje al principal centro de detención del ISIS en Alepo. Era el arranque de un prolongado secuestro que acabaría seis meses después, a cientos de kilómetros de aquel lugar, en un paso clausurado de la frontera turcosiria.

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