El instituto de Maraa se ha transformado en la prisión más grande de toda la provincia. Desde que comenzaron los combates por el control de Alepo el pasado 20 de julio, alrededor de 170 prisioneros de guerra -el 60% son shabiha (matones de Asad) y el resto policías y militares- han sido trasladados a este centro penitenciario, controlado por el comité militar rebelde de Maraa. Los reclusos están hacinados en dos aulas, cuyas puertas han sido sustituidas por rejas. «Aquí tratamos a todos por igual, con el respeto que se merecen los presos. Ahora es Ramadán y no comen hasta la ruptura del ayuno», explica Abú Hatib, director de la prisión, con un tono de poco convencimiento.
Información publicada en la página 12 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 10 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
«Sacamos a los prisioneros al patio dos veces al día, durante 45 minutos cada una de las veces y les damos a los reclusos lecciones de reeducación y reinserción social para cuando salgan de la cárcel», continua Abú Hatib, ante la mirada atónita de esta periodista.
Como se trata de una prisión muy reciente, los prisioneros han sido encarcelados sin un juicio previo, pero el director del penal asegura que están organizando un sala del tribunal penal con abogados y jueces «civiles». «Aquí no juzgamos a nadie bajo las leyes de la sharia; no somos islamistas», increpa Abú Hatib, que ya ha tenido alguna que otra situación incómoda con la prensa extranjera. La futura sala del tribunal es el laboratorio de ciencias del instituto, donde hay una pila de lavar en mármol que servirá de estrado al juez.
Tras media hora de mucha insistencia, Abú Hatib nos permite acercarnos a la celda donde están encerrados los shabiha. Nerviosos por la visita de los periodistas, se cubren la cara con lo que pueden para evitar ser reconocidos en las fotografías.
Abú Hatib llama a un preso que se tapa la cara con la camiseta y muestra su pecho con un enorme tatuaje que se hizo hace seis meses con el torso del jeque Hasán Nasralá, líder de la milicia libanesa Hizbulá, el líder supremo iraní, ayatolá Jamenei, y el presidente sirio, Bashar el Asad. En la espalda tiene dibujadas las insignias del régimen y dos leones que representan a Hafez (el fallecido padre del rais) y Bashar. «Me hice shabiha porque recibía mucho dinero del Gobierno», señala el prisionero.
Esposado
El director de la prisión nos lleva de nuevo a la sala del tribunal. Con las manos esposadas y escoltado por tres rebeldes, un hombre calvo de mediana edad entra en el laboratorio. Lo sientan en una silla de plástico. Se identifica como Ahmad Faji, miembro de una milicia de 25 shabihas, bajo las órdenes del coronel Zuher Bitar, jefe de Inteligencia de la Aviación en Alepo.
Sin perder la compostura, el sicario relata que su grupo ha violado a seis estudiantes de la Universidad de Alepo; ha acuchillado hasta la muerte a decenas de opositores y ha hecho estallar explosivos para que pareciera un atentado y poder responsabilizar a los «terroristas».
«El coronel Bitar nos pagó mucho dinero por cada misión», asegura Faji, antes de detallar que el grupo cobra 50.000 liras sirias (unos 20.000 euros) por una misión normal (pegar o torturar a activistas o manifestantes) y el doble por hacer estallar explosivos.
«A veces me arrepentí por lo que hice, pero la mayoría no éramos conscientes porque estábamos bajo los efectos de las drogas o el alcohol» que le suministraba el coronel al mando.
«Los jueves nos traía botellas de vodka y whisky que mezclábamos con anfetaminas y otras drogas, y pasábamos así toda la noche para prepararnos para las manifestaciones del viernes. Totalmente drogados, cogíamos cuchillos y palos y subíamos a las pick up negras y a todo gas irrumpíamos en las manifestaciones y golpeábamos como locos a los manifestantes», relata sin obviar detalle el shabiha.
Faji no tiene miedo del castigo que recibirá. «Tengo las manos manchadas de sangre y el islam castiga a los asesinos».