Estados Unidos y China elegirán a sus nuevos líderes con unos días de diferencia y formatos dispares: debates televisivos, agotadoras giras y elecciones en un caso e inexcrutables negociaciones tras los muros de Zhongnanhai -la residencia de los líderes- en el otro.
Acróbatas realizan ejercicios ante el emblema del Partido Comunista Chino como parte de las celebraciones previas al 18º Congreso en Hangzhou. REUTERS / CHANCE CHAN
Información publicada en la página 12 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 30 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
China acometerá en la próxima década reformas económicas y políticas cruciales. El modelo de fábrica global se ha agotado tras 30 exitosos años y urge potenciar el consumo interior. También es necesario relajar el puño político en asuntos como la libertad de expresión para evitar el colapso del sistema, han reconocido los medios oficiales. En el Congreso del Partido Comunista de China (PCCh), que empezará el 8 de noviembre, se repartirán las siete sillas del comité permanente que pilotará esas reformas. Solo continuarán Xi Jinping y Li Keqiang, futuros presidente y primer ministro. Del equilibrio entre reformistas y tradicionalistas depende el futuro de China. Las quinielas sobre los elegidos y la rumorología ocupan en la prensa occidental cientos de páginas.
«¿DE VERDAD ESTÁN?» / La encrucijada histórica monopolizaría el interés público en cualquier país, pero no aquí. Una encuesta de este diario sin pretensiones científicas sobre una docena de chinos de diferentes estrato social y cultural concluye que la mitad desconoce que se va a celebrar el congreso y ninguno puede mencionar ni un miembro del comité permanente. «¿Hu Jintao y Wen Jiabao? ¿De verdad están el Comité?», se sorprende Yu Xiao, tratante de arte, cuando se le nombra al presidente y primer ministro salientes.
La urgencia cotidiana monopoliza la atención de Wang Chao, quien limpia casas de extranjeros en Pekín. Dos años atrás, su marido, hermano y tío murieron en un accidente de coche y ella perdió un brazo. Lamenta que muchos clientes la despidieran por manca y ha enviado a sus dos hijas con su abuela a un pueblo de la lejana provincia de Sichuan. «No me fío del Gobierno. Tras el terremoto (Sichuan, 2008) hubo promesas de indemnizaciones, pero solo recibimos 800 yuanes (98 euros) tras perder nuestra casa».
Los esfuerzos de Pekín se concentran en los estratos más ajenos al milagro económico. Fomentar el consumo interno pasa ineludiblemente por extender las coberturas sociales, porque sin seguros médicos o pensiones es utópico vencer la milenaria capacidad ahorradora de los chinos. Wang no ha oído hablar del proyecto de seguro médico universal que aprobó Pekín dos años atrás y lamenta que será tarde para ella. Sus facturas arruinaron la economía familiar y no obtuvo ninguna ayuda durante el año que no pudo trabajar. Una simple pierna rota puede elevarse aquí a categoría de drama.
«Xi Jinping podría estar sentado a mi lado y no le reconocería», sostiene Zhang Yueyuan, estudiante pequinesa de empresariales de 23 años. Su acentuada conciencia social la llevó a participar en EEUU en el movimiento Ocupa Wall Street, donde se sorprendió por el fervor comunista de los acampados. «La gente no se interesa por la política aquí porque no puede incidir con su voto. Tampoco creo que muchos chinos estén preparados para la democracia. Les falta el conocimiento más básico, y no creo que en esas condiciones se les deba permitir tomar decisiones importantes», asegura.
POLÍTICAS QUE INCIDEN / La inacción no figura entre los pecados del PCCh, que disfruta de más apoyo popular que muchos gobiernos democráticos. Sus políticas inciden directamente en la vida de la quinta parte de la población mundial, tanto en sus decisiones urgentes como en los planes quinquenales que anticipan los problemas. Unos 400 millones de chinos han salido de la pobreza en las últimas tres décadas, pero el proceso ha disparado las desigualdades sociales hasta unos límites que preocupan a Pekín. Liu, quien integra la creciente y mimada clase media, lamenta que el giro social de la última década y la lucha contra la burbuja inmobiliaria le dificulten comprar un tercer inmueble. «Me da igual a quién elijan, siempre que no se interpongan en mi enriquecimiento», defiende.
La anual Asamblea Nacional Popular, una suerte de Parlamento chino, es conocido por la población como el Gran Salón de Té. La mayoría de pequineses solo se entera de su inicio por los cortes de tráfico y la atosigante presencia policial. El carácter masivamente apolítico de los chinos llega distorsionado a Occidente por la sobreexplotación mediática de los disidentes, tan heroicos como poco representativos. La desidia descansa ahí y, en menor medida, en la incapacidad de decidir, pero no en el desesperanzador «todo seguirá igual», habitual de otras latitudes.
Conceptos que la prensa baraja tozudamente cuando se refiere a China como comunismo o democracia no son cotidianos aquí, donde se atiende más a lo tangible que a lo filosófico.