No hace falta adentrarse mucho en la conferencia de la American Conservative Union (ACU) para toparse con varios de los santos patrones de la derecha estadounidense. Los retratos de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el intelectual William Buckley, el fundador de la revista National Review, cuelgan junto a las escaleras mecánicas de la entrada. Tres frases les acompañan. La izquierda es sectaria, viene a decir Buckley. "El problema del socialismo es que al final se acaba el dinero de otros", dice la dama de hierro. Y "el Gobierno no es la solución a nuestros problemas, el Gobierno es el problema", recuerda Reagan.
Lejos de ser un museo de arqueología política, la conferencia celebrada este fin de semana en Washington es la cita anual más importante del movimiento conservador en EEUU, una gran feria ideológica donde se exhiben las pulsiones y obsesiones de la derecha norteamericana. Sus familias tienen distintas prioridades, algunas tan irreconciliables como el aislacionismo de los libertarios frente al militarismo expansivo y misionero de los neoconservadores, pero comparten denominadores comunes. Especialmente en el terreno económico, donde se aspira a volver a los tiempos de Reagan y Thatcher, a pesar de las calamitosas consecuencias sociales que sus postulados están teniendo en el laboratorio europeo.
Solo hay que oír a Mitt Romney, que acudió a la conferencia para tratar de convencer a las bases de que es un auténtico conservador, palabra que pronunció 27 veces en los 25 minutos que duró su discurso. El favorito a la nominación republicana se comprometió a reducir el gasto público, cortar "dramáticamente" el número de funcionarios, equilibrar el presupuesto, semiprivatizar las pensiones y la sanidad pública de los pobres, bajar los impuestos o revocar la reforma financiera del presidente Barack Obama.
"Si el movimiento conservador ha crecido tanto en los últimos 30 años es porque el Gobierno se ha hecho cada vez más grande e intrusivo en la vida de las personas", decía Luis Linares, el presidente del Partido Republicano en Bloomfield (Nueva Jersey), de origen español. Para la gran mayoría de conservadores, el Estado debería limitarse a proteger las fronteras, dejando que sean los estados los que regulen y decidan su propio camino. Un federalismo pleno.
Si lo publico está aquí demonizado, y el Estado del bienestar es sinónimo de dependencia y holgazanería, nada despierta tanto odio como la reforma sanitaria de Obama. "El Gobierno no te puede obligar a que contrates un seguro privado, es sencillamente inconstitucional", dice el universitario Matt Howey, a pesar de que nadie cuestiona que el seguro del coche sea obligatorio. ¿Qué harías entonces con aquellos que no pueden pagarse un seguro médico?, le pregunto. "A esa gente la tienen que ayudar las organizaciones de beneficiencia, no el Estado", dice repitiendo uno de los argumentos habituales de los conservadores.
A tenor de los títulos que se agolpan en la librería de la ACU, EEUU va camino de convertirse en un régimen estalinista, que ha renunciado a su liderazgo en el exterior y compadrea con los «islamofascistas» que quieren destruirlo. Hay libros como Por qué la izquierda odia a América, El suicidio de la superpotencia: ¿sobrevivirá EE UU al 2025? o De vuelta a la servidumbre: el resurgir del estatismo.
Pero el tono de urgencia apocalíptica que subyace en la conferencia contrasta con el desenfadado folclore de los más de 10.000 asistentes. Por los pasillos hay antiabortistas que reparten pegatinas, mujeres en minifalda que entregan pasquines donde se lee que el feminismo "degrada" o carteles que piden la cabeza del congresista republicano Tim Murphy por ser "un lacayo de los sindicatos" y un "gran defensor de las energías renovables". Casi todos son blancos y algunos latinos. Los negros son casi un exotismo en el encuentro. "Las políticas progresistas no han conseguido sacarnos de la marginalidad. Es hora de que los negros dejemos de votar demócrata por tradición", decía el afroamericano William Owens, editor de una revista del Tea Party.
No se ven sotanas, pero la fe organizada pulula en el ambiente con un celo de excomunion. Tanto Romney, como Rick Santorum y Newt Gingrich acusaron a Obama durante la conferencia de declarar la guerra a la religión. Un tema candente, después de que el presidente obligara a las instituciones religiosas a incluir los anticonceptivos en el seguro médico de sus empleados. Ante la rebelión de la Iglesia católica, Obama decidió que sean las aseguradoras las que lo financien.
"No hay duda de que la fe y los valores judeocristianos están siendo atacados", decía Ken Haguerty, vicepresidente de Renewing American Leadership. "Están tratando de imponernos por decreto un mundo laico, justo lo contrario a ese respeto por la diversidad religiosa que hizo a este país grande", añade.
Mucho menos tremebundo es Scott Edwards, el fundador de la rama maldita del Partido Republicano, dedicada a dar fiestas con abundancia de alcohol, tabaco y rock and roll por todo el país. "La libertad es nuestra gran baza", asegura.