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La situación económica en Latinoamérica

Kirchner raciona el dólar

El doble cambio, legal e ilegal, agrava la inflación y enfrenta a las clases medias y altas con el Gobierno

La drástica restricción del Gobierno a la compra de divisas empuja a los argentinos al mercado negro

Martes, 5 de febrero del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
ABEL GILBERT
BUENOS AIRES

«Cambio, cambio». El negociante se camufla entre los que atraviesan la calle peatonal Florida, en el centro financiero de la ciudad de Buenos Aires. Sabe que alguien morderá el anzuelo en cuestión de minutos. Entonces, lo llevará, furtivamente, a un lugar alejado de los laxos ojos de la policía. Allí venderá o comprará dólares o euros, imponiendo las reglas del mercado negro. En la economía real, la moneda norteamericana se cotiza a casi cinco pesos. Pero el Gobierno ha establecido severas reglas para su adquisición. El que quiere el hoy llamado dólar blue, debe pagarlo a ocho pesos por unidad. Mañana todo puede ser peor. Y esto genera locura.

Imagen de un restaurante de Buenos Aires con el precio en pesos. AP / NATACHA PISARENKO

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Información publicada en la página 10 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 05 de febrero de 2013 VER ARCHIVO (.PDF)

La clase media y alta tiene una arraigada cultura del dólar. Su aprendizaje ha sido, en cierta medida, dictado por los ciclos inflacionarios. El billete con el rostro de Washington evitaba que los ahorros se licuaran. Los años 90 fueron, para muchos, la panacea: un peso equivalía a un dólar y podía extraerse de los cajeros automáticos. Qué fiesta. A pocos les importaba que la llamada convertibilidad se sostuviera sobre la base de un creciente endeudamiento externo. El modelo, claro, explotó a finales del 2001.

La devaluación no cambió los hábitos. Las operaciones inmobiliarias se siguieron realizando en dólares. La distancia entre el dólar oficial y el paralelo fue nimia entre el 2003 y el 2010. A fines del 2011, apenas inició su segundo periodo de Gobierno, Cristina Fernández de Kirchner tuvo que enfrentar una ola cambiaria. Las presiones para devaluar de ciertos sectores exportadores, los problemas de financiación y la creciente fuga de divisas, llevaron a las autoridades económicas a fijar límites para la compra de dólares. La prensa lo bautizó «el cepo».

A partir de ese momento surgió el esotérico dólar blue. Su valor no lo fija el Banco Central, sino la calle. La fiebre por el dólar no ha hecho más que agravar la inflación, que, en este país, es casi del 30% anual, aunque las estadísticas oficiales consideren que solo llega al 10%. Los precios de productos suntuarios se adecuaron al blue. Pero también algunas mercancías de estación.

LA CLASE MEDIA / «Dólar, propiedades y ahorro son sinónimos de clase media, el gran problema del peronismo. Hay un abismo cultural más que económico, que la economía simplemente desnuda cada vez que hay escasez», señaló el diario Perfil. En un principio, el Gobierno sostuvo que el blue se manejaba en un mercado marginal que no tenía incidencias en la economía a gran escala. La realidad empieza a refutar esa certeza.

La vida cotidiana se dolariza. Amigos, conocidos, vecinos, intercambian billetes entre sí, entran en sorprendentes negociaciones. También se puede acudir al fisco y, presentando billetes de viaje, comprar el dólar oficial. Pero no es un funcionario el que decide el monto, sino un ordenador. La máquina puede aceptar la petición, rechazarla o permitir la compra de apenas 100 dólares para un viaje de 15 días. Pero donde hay una restricción, siempre aparece un atajo. ¿Qué han hecho los argentinos? Utilizar en el exterior sus tarjetas de crédito. A cada compra, el fisco le recarga un 15%, pero eso siempre será menos que el dólar blue.

MALESTAR CON EL GOBIERNO / La cultura del dólar es la fuente del malestar de los sectores medios y altos con el Gobierno. La reivindicación de «libertad» para comprar la moneda norteamericana se convirtió en una de las principales consignas de las masivas manifestaciones de septiembre y noviembre.

El viceministro de Economía, Axel Kicillof, acaba de comprobar en carne propia hasta dónde molesta esta situación. Regresaba de Uruguay, donde pasó las vacaciones, al igual que buena parte de los sectores medios y altos. Compartió con ellos el buque que atraviesa el Río de la Plata. «Bajate, ladrón», le gritaron los pasajeros, que se sintieron ultrajados. Después fueron al duty free del barco a mitigar sus amarguras.

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