Kaing Guek Eav, más conocido como Duch, no pisará la calle. El tribunal de crímenes de guerra en Camboya ha determinado este viernes la condena perpetua al infame jefe de la prisión S-21, donde los jemeres rojos exterminaron a 14.000 personas. “La pena debe ser dura para evitar crímenes similares, sin duda entre los peores en la historia de la humanidad”, ha dicho el presidente de la sala del tribunal, Kong Srim.
Esta sentencia revoca la anterior, que había indignado a los supervivientes por considerarla demasiado liviana y porque no descartaba que algún día saliera libre si vivía lo suficiente. Duch había sido condenado en el 2010 por asesinato, tortura, violación y crímenes contra la humanidad a 35 años de cárcel, pena conmutada por una de 19 años en consideración al tiempo que ya había pasado detenido.
El carcelero apeló la sentencia, alegando que el tribunal carecía de jurisdicción porque él no era un alto comandante sino un simple ejecutor de órdenes que habría sido conducido al cadalso si las hubiera desobedecido. También la parte fiscal y las acusaciones civiles apelaron.
Duch es el único de los acusados que ha reconocido haber participado en el autogenocidio camboyano. La Sala del Tribunal Supremo ha dictaminado este viernes que Duch debía asumir plena responsabilidad por todas las muertes en la cárcel S-21, y ha añadido a los crímenes anteriores los de exterminio y esclavitud.
También ha restado relevancia a algunos atenuantes contemplados en primera instancia como la colaboración de Duch con el tribunal, las muestras de arrepentimiento y peticiones de perdón a las víctimas. "Podemos expresar nuestra satisfacción porque se ha llegado más lejos de lo que habíamos pedido", ha dicho el fiscal Andrew Cayley. También las víctimas presentes en el juicio han mostrado su satisfacción.
Duch diseñó la maquinaria exterminadora de la S-21, una cárcel secreta donde se torturó a miles de camboyanos. Con las uñas arrancadas, el cuerpo destrozado por golpes o descargas eléctricas, los detenidos confesaban ser espías de la CIA, el KGB o cualquier sigla que no hubieran oído antes y delataban a familiares o amigos, inminentes inquilinos de la S-21. Duch reconoció años después que no había ninguna respuesta salvadora.
Entre 1975 y 1979 los jemeres rojos mataron a casi dos de los siete millones de camboyanos. Hoy cuesta encontrar a alguien en el país que no perdiera a varios familiares, ejecutados o muertos por hambre o el trabajo esclavista. El demencial sistema ultramaoísta abolió religiones, ciudades, moneda, familia y escuelas con el fin de alcanzar la utopía agraria.
El primer juicio a sus responsables llegó treinta años después, mucho después de que su líder, Pol Pot, muriera libre en la selva en 1998.