El Periódico

Italia baraja enviar el Ejército a Nápoles ante el auge de la violencia de las mafias

Los herederos de los grandes capos se pelean entre ellos por copar el mercado de la droga

Italia baraja enviar el Ejército a Nápoles ante el auge de la violencia de las mafias

EFE / CIRO FUSCO

El supuesto jefe de la Camorra Alessandro Giannelli, en el centro, es escoltado por la policia tras ser arrestado por los Carabinieri cerca de Caserta  en Napoles  Italia  el 9 de febrero del 2016.

ROSSEND DOMÈNECH / ROMA

Miércoles, 10 de febrero del 2016 - 17:18 CET

“Ahora en Nápoles el Ejército es necesario”, ha anunciado el miércoles el ministro de Interior, Angelino Alfano, provocando un amargo despertar entre quienes llevaban años trabajando para el rescate de la ciudad.

Los 110 clanes de la mafia de Campania, la región de Nápoles, están descabezados, sus capos en prisión y la falta de mandos criminales ha despertado una sangrienta guerra entre hijos y sobrinos para hacerse con la herencia del “mayor mercado europeo de la droga”, en palabras del fiscal nacional antimafia, Franco Roberti. El acusador público añade que se trata de una “situación excepcional para el orden público, sin par en Europa y peor que en las 'banlieu' de París”.

El pasado jueves cayó Giuseppe Calise. Tenía 24 años. El mismo día mataron a Salvatore Zito, de 21. Al día siguiente fue asesinado Francesco Esposito, de 33. Tres homicidios en 26 horas, 10 en la ciudad de Napoles desde el 1 de enero.

Nápoles ocupa solo el quinto puesto nacional en la lista de provincias por “muertos matados”, como  llaman en Italia a los homicidios voluntarios (1,32 muertos por cada 100.000 habitantes, 0,83% el promedio italiano, 1,0% el de la UE). Sin embargo, la alarma se ha disparado por la edad de los asesinos. Y su desenvoltura homicida.

Desde comienzos de año, incluso el mapa de google sobre la actividad de la Camorra napolitana se ha teñido de rojo. “Se matan entre ellos”, explican los napolitanos. Lo corroboran las autoridades ciudadanas, aunque para matarse entre sí realizan incursiones en los territorios adversarios, disparando al aire o a los balcones y jugando a quien se demuestra más matón. Así han perecido un quiosquero y un viandante que se encontraban en el lugar equivocado en un momento también equivocado y han terminado en los hospitales un joven que pasaba por allí, un anciano que salió al balcón y un sinfín de personas cuyo delito era solo el de ser hermano del cuñado de un adversario, o su hijo, o un pariente lejano.

"BALANDRAS JUVENILES"

Lo que se conoce como las “balandras juveniles” entran en una pizzeria, se cargan al competidor de turno, disparan al aire y se van como quien vuelve de un partido. O montan un campo de tiro en las maltrrechas terrazas del centro histórico, usando como blancos las antenas de televisión del vecindario. Todo a la luz del día y tal vez ante la atónita y estupefacta mirada de los numerosos turistas, la mayoría de cruceros, que han vuelto gracias al renacimiento de la ciudad y que de repente se encuentran sumergidos en lo peor de Cicero, el barrio de Al Capone en Chicago, o en los sórdidos recovecos urbanos de la exitosa serie televisiva Gomorra.

Los jóvenes aspirantes a herederos luchan por el mercado del hachís, la cocaína, el kobret y la heroina, importadas desde España, Holanda, Libia, Oriente Medio...Explica Raffaele Cantone, autoridad nacional contra la corrupción: “Los clanes ya no son las poderosas y sólidas estructuras jerárquicas que habíamos conocido, sino violentas bandas criminales, compuestas por jóvenes desbandados, chicos de las periferias sin dinero ni perspectivas, al mando de líderes más o menos aceptados, con la ambición de conquistar pedazos de poder en el mercado de la droga”. “En este contexto, la violencia es la regla, una violencia ciega”, subraya Cantone.

El escritor Roberto Saviano ha escrito descorazonado en estos días que “debemos dejar de tratar a Nápoles como una ciudad normal, porque no lo es: los napolitanos viven bajo las balas y agachan la cabeza, por lo que no son comparables a los habitantes de ninguna otra ciudad italiana”. “La represión ha funcionado”, reconoce el fiscal nacional Roberti, explicando que precisamente por ello se ha determinado un vacío de poder criminal, abriendo el espacio a grupos de chicos de ni tan sólo 20 años o incluso menores de edad”. “Hay que encontrar soluciones nuevas e intervenir una vez por todas sobre las causas”, añade Cantone.

En un territorio donde la camorra de los chicos ya parece contar más que la política, los ciudadanos piden trabajo, escuela, servicios públicos eficaces y transparencia como instrumentos de educación cívica, mientras que para el orden público reclaman “medidas excepcionales para una situación excepcional”.  Tal vez el Ejército que invoca el ministro de Interior.

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