Más pobres, más angustiados, más hartos. Tres millones de irlandeses acuden hoy a las urnas sin el más mínimo entusiasmo para ratificar el Tratado Europeo de Estabilidad que garantiza la disciplina presupuestaria de los estados. El texto debe ser sometido a consulta popular, porque lo exige su Constitución, algo que no ocurre en ningún otro país de la eurozona. A la vista de los últimos sondeos, Irlanda aprobará el documento.
Información publicada en la página 16 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 31 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La mayoría dirá que sí, aunque muchos lo hagan a su pesar, con rabia, en contra de los que les dictan las tripas y el corazón. Las encuestas más recientes estiman en un 39% a los partidarios de la ratificación y en un 22% a los que están en contra. Queda otro 22% de electorado indeciso y un 9% que se quedará en casa. En esta ocasión, un inesperado rechazo del tratado no impediría su adopción, ya que solo se precisa para ello la ratificación de 12 de los países miembros de la Unión Europea.
Es improbable que el considerable porcentaje de los que no saben aún a qué santo encomendarse dé un vuelco a los pronósticos que dan ganador al sí, pero el Gobierno de Dublín no se fía. El primer ministro Enda Kenny, en una alocución televisada el pasado domingo, pidió a sus conciudadanos un voto «masivo» a favor del tratado para «crear la estabilidad» que el país necesita.
SEGUNDO INTENTO / Kenny, líder del Fine Gael, tiene presente lo ocurrido en precedentes referendos europeos. En el 2001, en pleno boom económico, los irlandeses rechazaron por sorpresa el Tratado de Niza. Fue aprobado en una segunda tentativa un año después. Idéntica suerte corrió el Tratado de Lisboa en el 2008. También salió a la segunda.
Para entonces los tentáculos de la crisis se enroscaban en el cuello del tigre celta. La inmensa burbuja inmobiliaria inflada en la década de los 90 había estallado. Después llegó el desplome del sector bancario y el humillante rescate de 85.000 millones euros a cargo de la UE y el FMI en el 2010.
Los irlandeses viven desde hace tres años sometidos a un implacable plan de austeridad, aplicado con disciplina alemana, para eliminar una deuda que el próximo año llegará a ser del 120% de su Producto Interior Bruto (PIB). Europa ha alabado la manera rápida y tajante con la que Irlanda ha actuado. Unos alumnos ejemplares que ni siquiera se han dejado llevar por explosiones callejeras de ira que se han visto en otros países afectados por la crisis en la eurozona, como Grecia.
AMENAZAS / Pero el resentimiento y la amargura están ahí. Los irlandeses mostraron su furia derribando en las urnas, en febrero pasado, al Gobierno del Finna Fail, al que culpaban de la quiebra del país. Hoy serían muchos los que desearían votar que no como protesta por la pérdida de empleos, los aumentos de impuestos, los recortes de servicios públicos y la merma de poder adquisitivo. Esta vez, sin embargo, hacer un corte de mangas a Bruselas resulta demasiado arriesgado.
El Gobierno de Dublín ha advertido que repudiar el tratado impediría a Irlanda tener acceso a nuevas ayudas, en caso de necesitarlas, de los fondos del mecanismo europeo de estabilización financiera. El Ejecutivo debería, en ese caso, endurecer aún más su política fiscal.
«Si no tenemos acceso a ese fondo -ha señalado el ministro de Finanzas, Michael Noonan- deberé preparar unos presupuestos aún más duros». El Sinn Fein, partidario del no, ha rechazado esas amenazas, pero los irlandeses tienen miedo de que las cosas empeoren. En el primer trimestre del 2012 las exportaciones a la zona euro han descendido y la situación puede agravarse si se prolonga la crisis en Grecia y España.