«What is your name?», gritan a la par unas niñas que se asoman por detrás de las cancelas de una ventana. Marwa, la profesora, les llama la atención para que atiendan. En una pizarra blanca la maestra escribe con un rotulador rojo palabras en inglés que los alumnos leen en voz alta. Los despachos y almacenes de una vieja cooperativa agraria se han trasformado en aulas de la escuela para refugiados sirios.
Información publicada en la página 14 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 09 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
«Nos preparamos para lo peor, por eso queremos que aprendan inglés y francés, para que puedan ingresar el próximo curso en las escuelas libanesas», comenta Samir Ismail, responsable del proyecto educativo en Aarsal.
Alrededor de 3.000 sirios de la provincia de Homs, que han huido de los bombardeos de las fuerzas de Bashar al Asad, han encontrado refugio en esta localidad libanesa de 45.000 habitantes, que comparte 60 kilómetros de frontera con Siria. Después de 15 meses de un conflicto que ha dejado más de 15.000 muertos, y sin perspectiva de mejora, muchos sirios han perdido la esperanza de poder regresar en un futuro cercano a sus hogares.
Miedo a salir de casa
A Ismail le llama la atención que en su centro solo haya 70 niños, cuando más de la mitad de los refugiados son menores de edad. «Los padres tienen miedo de que sus hijos salgan de casa», explica el responsable. Aarsal es la única localidad de mayoría suní en el valle de la Bekka, feudo de la milicia chií Hizbolá, que apoya al régimen sirio. Aunque hasta la fecha solo se han producidos incidentes aislados, y algún que otro secuestro más por motivos económicos que ideológicos, los vecinos temen que puedan estallar enfrentamientos entre sunís y chiís como los ocurridos en la ciudad portuaria de Trípoli, donde al menos 20 personas han perdido la vida en los últimos meses.
Rayat tiene 12 años, pero su mirada ha perdido la inocencia. Su tono de voz es tan bajo que apenas se le oye. Rayat echa de menos su casa en Al Qusair (localidad fronteriza con Líbano), a sus amigos del colegio y a sus primos. Llegaron hace cuatro meses, después de que su vivienda fuera destruida en un bombardeo. La niña, sus otros seis hermanos, sus padres y su abuela materna lograron huir, pero su abuelo murió en un puesto de control del Ejército sirio. «Mi abuelo tenía problemas para andar y usaba un bastón. Unos soldados lo detuvieron, le quitaron el bastón y le pegaron con él. La paliza le provocó un ataque al corazón y murió», recuerda.
«La mayoría de los alumnos de la escuela tienen algún tipo de trauma psicológico», apunta Noor, la trabajadora social. «En mis clases les digo que dibujen lo primero que se les pase por la cabeza y muchos niños pintan tanques, armas de fuego o personas muertas», subraya, antes de agregar que «con estas terapias los niños sacan fuera lo que llevan dentro, y muchos logran mejorar». Aunque la trabajadora social sabe que «necesitarán años y ayuda psicológica para recuperar la normalidad».
Marwan es uno de estos casos. El pequeño de 7 años y su hermano mayor, de 9, vieron morir frente a sus ojos a su padre. El suceso ocurrió 15 días antes de que abandonaran Al Qusair para refugiarse en el Líbano.
Su padre simpatizaba con la revolución popular. En una redada nocturna, unos matones del régimen irrumpieron en la vivienda, la saquearon y después los sacaron al patio y ejecutaron al padre delante de la familia. «Es un niño nervioso, de movimientos tensos, que de repente ríe y al momento se pone a llorar», explica Noor.