EEUU se apuntó el martes un nuevo trofeo en su lucha contra Al Qaeda. El enésimo número 2 del grupo terrorista, Abu Yahia al Libi, fue abatido en un bombardeo en las provincias tribales de Pakistán. Al clérigo de origen libio no lo mató la pericia de un piloto, sino uno de esos drones (aviones no tripulados) que se han erigido en el arma principal de la Administración Obama para cazar a sus enemigos en los desiertos del Yemen, las calles de Somalia o las montañas del Pakistán. Una guerra que se dirige por control remoto desde la sede de la CIA en Virginia y cuyos asesinatos aprueba personalmente Obama desde el Despacho Oval.
Información publicada en la página 18 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 07 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Esas reuniones se han bautizado como los martes del terror. Obama recibe a su zar antiterrorista, John Brennan, y al general Martin Dempsey, su asesor militar de cabecera, en su despacho. Le presentan planos, fotografías y esbozos biográficos del próximo objetivo de una lista negra confeccionada por los servicios de inteligencia. Obama decide y sus órdenes se transmiten hasta una oficina de la CIA plagada de mapas e imágenes en vivo de lo que sucede a miles de kilómetros.
Acciones rutinarias
Desde allí, un oficial espera con la mano en el joystick a que los sospechosos armados entren en la casa y acciona el botón. Puede parecer un juego de guerra, pero en la vida real un misil Hellfire sale disparado a 1.600 kilómetros por hora desde las entrañas de un dron. Lejos de ser acciones aisladas, estas operaciones han pasado a ser rutinarias y crecen las voces que cuestionan esta estrategia de matar sospechosos sin juzgarlos previamente.
Porque además, como bien saben los palestinos de Gaza, los drones también matan civiles. Obama lo pudo comprobar días después de asumir el cargo, cuando un misil acabó con 19 civiles, entre ellos cuatro niños, en una aldea paquistaní. Pero lejos de frenar los ataques, Obama decidió aumentarlos y sancionarlos personalmente. Y lleva más de 300, según la New American Foundation, frente a los 43 aprobados por Bush en sus últimos cuatro años de mandato.
Pakistán esgrime los ataques con drones como una de las razones que han puesto sus relaciones con EEUU al borde de la ruptura y Al Qaeda cree que le sirven para renovar sus cuadros con nuevos reclutas que han visto a uno de los suyos morir en un ataque. Y Washington, mientras, se ocupa de maqui-
llar las cifras de bajas civiles. En sus recuentos no incluye a todos los varones presentes en una «zona de combate», estén o no armados.