En Argentina hay un reloj que dejó de marcar el paso del tiempo. Las agujas se han detenido en las 20.25, pero no de cualquier día, sino del 26 de julio 1952, el momento en que Eva Duarte de Perón «entró en la inmortalidad». Han pasado seis décadas y los argentinos siguen recordando aquel minuto fatal, a esa mujer que enciende pasiones y aún deja sus marcas, tanto en la política como en el espectáculo.
Dos mujeres 8 La presidenta Kirchner ante una imagen de Eva Duarte, en la Casa del Gobierno. EFE / LEO LA VALLE
Dos mujeres 8 La presidenta Kirchner ante una imagen de Eva Duarte, en la Casa del Gobierno. EFE / LEO LA VALLE
Información publicada en la página 18 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 26 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Evita es lo que es por su propio recorrido: la hija bastarda y aspirante a actriz que se enamora del entonces coronel Juan Perón y se convierte en el emblema plebeyo de su Gobierno. La que se viste como sus glamurosas enemigas y, en 1951, debe abandonar su candidatura a vicepresidenta por presión castrense. Ante una multitud que le pide lo contrario, deja una de sus frases memorables: «Renuncio a los honores pero no a la lucha».
El ultraje del cadáver
La segunda vida de Evita empieza tras su muerte, por un cáncer a los 33 años. Su cuerpo es embalsamado. Al caer Perón, en septiembre de 1955, el cadáver es secuestrado y vejado. Su nombre, prohibido. Los militares enviaron el féretro a Italia para que no fuera objeto de adoración. El general, que vivía cómodamente en su exilio madrileño, recuperó el cuerpo después que la guerrilla peronista asesinara, en 1970, a Pedro Eugenio Aramburu, uno de los generales que lo había derrocado. Evita era el símbolo de una juventud que imaginó tener un líder revolucionario.
La tercera esposa de Perón, una exbataclana, Isabel Martínez, también rendiría culto a la difunta. Su mayordomo y jefe espiritual, José López Rega, la había convencido de que podía traspasarle el alma y sus atributos. «Perón, Evita, la patria socialista», gritarían unos. «Perón evita la patria socialista», responderían otros. La discusión terminó a los balazos.
El golpe de Estado de marzo de 1976 hizo otra vez de Eva Duarte una figura peligrosa. En medio de la dictadura más atroz, los argentinos se enteraron de que Andrew Lloyd Webber y Tim Rice estrenaban en Londres un musical inspirado en la «abanderada de los humildes». El disco con las canciones de Evita comenzó a circular de mano en mano, pero en su versión castellana, en la voz de Paloma San Basilio.
El país recuperó su senda institucional en diciembre de 1983 y Evita ganó la paz definitiva. Enterrada en el cementerio de la Recoleta, donde descansan esa «oligarquía» que detestaba, su panteón es un punto del circuito turístico. Los peronistas la siguen venerando.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner no deja de mirarse en su espejo. Como Eva, divide opiniones con aquella intensidad que se creía olvidada. Tal vez por ello ordenó la confección de dos enormes retratos del gran mito. Los semblantes engalanan el Ministerio de Sanidad. De un lado, se la ve a la Eva apacible. Del otro, la que rugía a sus adversarios.
Ha sido la cultura el campo donde Eva encontró la mejor forma de perduración. Esa mujer, de Rodolfo Walsh, es uno de los cuentos más importantes de la literatura de este país. Tomás Eloy Martínez la llevó a la novela en Santa Evita. Copi la puso en escena en París. Su Evita Perón es un travesti.
Evita vive, de Néstor Perlongher, se ha convertido en un cuento blasfemo. Escrito en 1975, cuando el cadáver era repatriado a Buenos Aires por la ultraderecha peronista, se divulgó en Argentina en democracia. Su Eva recorre bares de mala muerte. La policía la encuentra con drogadictos. Esa Eva quiere «un lote de marihuana» para que los pobres «andaran superbien».
La publicación fue un escándalo, pero de un revuelo menor al rodaje en Buenos Aires de la Evita de Alan Parker con Madonna y Antonio Banderas. Los peronistas se sintieron más ofendidos con la película que con el neoliberal Carlos Menem. Alos 60 años de su muerte, una argentina, Elena Roger, encabeza junto con Ricky Martin, la exitosa versión de musical de Weber y Rice en Broadway.
En el país proliferan las películas, las obras de teatro y biografías. El Gobierno se prepara para lanzar al mercado un billete de 100 pesos con su esfinge. «Volveré y seré millones», dicen que dijo ella. Un lustro atrás, un billete de 100 pesos era mucho dinero. Ahora se escurre de las manos en cuestión de horas. Ganada por la historia, a Evita la devorará la inflación.