Cuando llevaba seis meses en la Casa Blanca, Barack Obama ofreció en El Cairo el discurso que debía marcar un antes y un después en la relación de Estados Unidos con el mundo árabe. Fue el discurso de la promesa de «un nuevo inicio», el del compromiso con romper con el tono y las políticas unilateralistas e intervencionistas de George Bush que le habían hecho heredar las guerras de Irak y Afganistán y habían golpeado aún más la ya tradicionalmente maltrecha imagen de Estados Unidos en la zona.
La decepción 8 Unos manifestantes con una caricatura de Obama durante una protesta en la India, ayer. REUTERS / BABU
Información publicada en la página 13 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 16 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Dos años después, cuando ese mundo árabe tomó las calles clamando por el cambio, las palabras tenían que repetirse pero también traducirse en hechos. Y en otro discurso en el Departamento de Estado en mayo del 2011, cuando ya la 'primavera árabe' se había extendido de Túnez a Egipto, Yemen y Libia y el pragmático Obama había ya dejado atrás sus vacilaciones iniciales y había pasado a apoyar los cambios de régimen pese a lo incierto del resultado, insistió. «Un fracaso en el cambio de nuestro enfoque amenaza con una creciente espiral de división entre EEUU y las comunidades musulmanas».
Esta semana, la profundidad de esa brecha que nunca ha podido cerrar ha cobrado la forma de violentas protestas. Un polémico vídeo ha encendido a los más extremistas, pero en manifestaciones y asaltos a embajadas hay más que ciega rabia por la ridiculización de Mahoma: se clama contra Washington y su principal aliado en la región, Israel.
Como escribía ayer 'The Washington Post', «la ayuda, la asistencia diplomática e incluso la intervención militar ya no garantiza lealtades de gobiernos recientemente elegidos o pueblos recientemente liberados». Y Obama se enfrenta a un momento delicado con una influencia casi nula en la región, con países con los que la relación es clave, como Egipto, en volátil transición y con una guerra en Siria donde el fracaso de la diplomacia dispara los riesgos.
El mandatario estadounidense no parte, además, de una buena situación. En junio una encuesta del centro Pew en el mundo musulmán demostró que la confianza en su poder y papel en la zona se derrumba. Si en el 2009 casi la mitad de los sondeados confiaba en que sería «justo con israelís y palestinos», el porcentaje ha bajado al 18% este año. En Túnez menos del 30% cree que su respuesta a las revueltas haya tenido un impacto positivo. Solo el 15% aprueba sus políticas internacionales. Y si algo unifica a los musulmanes masivamente, en porcentajes de entre el 69 y el 89% es la crítica a la guerra que ha lanzado con los 'drones', los aviones no tripulados que dejan una estela de víctimas civiles.
Sumido en una guerra electoral personal en la que hasta ahora ha mantenido una firme ventaja ante Mitt Romney en política exterior, Obama está en una encrucijada internacional. Sabe que es trascendental su implicación en una zona donde EEUU tiene demasiados intereses, desde el petróleo hasta el control del programa nuclear de Irán. Parece mirar desde la barrera la última crisis, como demostrando que, por ahora, no le conviene hacer más.