A dos semanas de la votación, el dato más relevante de la campaña electoral norteamericana es la incertidumbre absoluta que existe sobre el resultado final. La media de los sondeos da un empate entre ambos candidatos y, si se miran con lupa, puede hasta que Romney tenga una ligera ventaja, por mucho que se diga que Obama le ganó el tercer debate. En definitiva, que el candidato republicano puede ser el nuevo presidente de EEUU, aunque también puede perfectamente perder.
Información publicada en la página 13 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 25 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Esa incertidumbre preside las opiniones de los analistas de referencia. Nadie echa las campanas al vuelo, porque uno y otro han cometido fallos muy serios durante la campaña, porque ninguno de los dos programas responde plenamente a las demandas mayoritarias de una sociedad que, en su conjunto, está agobiada por los problemas económicos y que desconfía cada vez más de sus políticos y de la política.
Y también porque ningún gurú de las encuestas se ha atrevido hasta el momento -al menos en público- a hacer un pronóstico claro. En general, se cree que los últimos 15 días de campaña van a ser decisivos para deshacer el empate, aunque hay quien teme que se repita algo parecido a lo que pasó en 2000 entre George Bush y Al Gore, cuando el Tribunal Supremo tuvo que decidir quien había ganado.
Más que una carrera entre candidatos que proclaman o prometen éxitos, la que se está corriendo parece un concurso entre personajes que tratan de tapar sus errores y de subrayar los del contrario. Y muchos lo perciben así: uno de los indicadores más seguidos por la opinión pública es el de la cantidad de mentiras, pasables o clamorosas, y de medias verdades que Obama y Romney dicen en sus múltiples intervenciones: hasta el punto de que se ha creado una página de internet, que diariamente es visitada por millones, únicamente dedicada a ello. También en Norteamérica la política está en crisis.
Obama ha decepcionado demasiado durante los últimos cuatro años como para confiar en que su condición de presidente sea el elemento adicional que le proporcione la victoria: la ventaja que hasta el momento parece tener en los estados en los que tradicionalmente se ha decidido la presidencia es un argumento más sólido, aunque tampoco definitivo. Y el programa de Romney, su trayectoria y el ultraderechismo de la gente que le acompaña suscitan demasiadas resistencias en amplísimos sectores de la sociedad como para no desconfiar hasta el último momento de sus posibilidades de éxito.