No todos los días Barack Obama o sus asesores se ponen a Ronald Reagan como ejemplo. Sin embargo, anoche, el hombre que con sus políticas económicas abonó el terreno donde ahora siembran Mitt Romney y Paul Ryan era una referencia esperanzadora para los demócratas. Al menos, el Reagan que en 1984, tras una pobre actuación en su primer debate con Walter Mondale, resurgió con fuerza en el segundo y acabó ganando.
Preparativos 8 Caja de chocolates antes del segundo debate de anoche en el estado de Nueva York. REUTERS / CHRISTIAN HARTMANN
Información publicada en la página 16 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 17 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Obama llegó anoche a la universidad de Hofstra en Hempstead (Long Island, Nueva York) bajo gran presión. En Denver ,13 días antes, su sorprendente pasividad y exceso de sobriedad permitieron a Romney resucitar una campaña que durante todo septiembre dio señales de agonía. Y el debate de anoche se convirtió, así, en una cita de alto riesgo, en la que una derrota podía marcar un punto sin retorno en la apuesta del demócrata por seguir en el Despacho Oval.
La importancia de lo que está en juego se ha comprobado en la seriedad con que las dos campañas han preparado la segunda cita, rigor que a Obama le faltó ante el primer debate. Y en 90 minutos, con un formato complicado para ambos -con preguntas planteadas por indecisos- Obama debía equilibrar agresividad hacia Romney con empatía hacia los ciudadanos.
Su misión era, según habían anticipado sus asesores, retratar a Romney como un político mucho más conservador que el que apareció casi por sorpresa en el debate de Denver, uno que, según Jim Messina, el jefe de campaña de Obama, «esconde» sus políticas y su verdadera naturaleza porque «harían daño a la clase media y a sus opciones».
Pero por más que Obama acudiera listo a sacar a la luz -esta vez sí- las contradicciones de Romney en temas como el aborto, los impuestos o el rescate del automóvil, y con la única ventaja de su pobre primer debate de haber rebajado radicalmente las expectativas, combatía contra alguien empeñado en profundizar esa imagen centrista con la que está convenciendo a muchos votantes.
Discurso endurecido
Los sondeos más recientes han confirmado el impulso de Romney, incluyendo entre grupos que hasta ahora se inclinaban claramente por Obama, como las mujeres. Y por más que la campaña demócrata cuestione aspectos técnicos, la última encuesta de Gallup coloca a los dos candidatos empatados al 48% entre las potenciales votantes en varios de los estados bisagra.
«Muchos votantes miran a estas elecciones con la lente de la economía, pero también buscan a alguien competente y que les de confianza», había explicado la víspera del debate Kevin Madden, uno de los asesores de campaña de Romney, permitiendo anticipar que se intensificarán los esfuerzos por proyectar una imagen moderada y de liderazgo de un candidato que ya en septiembre, antes del impulso del debate, disparó su recaudación hasta 130 millones de euros.
El debate abordaba tanto cuestiones de política nacional como de política exterior, y aunque será el tercero y último, el lunes, en Boca Ratón (Florida) el que se centre en asuntos internacionales, dos sobrevolaban el debate de anoche. Uno es China, un país hacia el que tanto Obama como Romney han endurecido enormemente su discurso. El otro, más enlodado, es el atentado contra el consulado en Bengasi en que murió el embajador en Libia, Chris Stevens.
Justo antes del debate, obviamente buscando proteger a Obama, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, asumió responsabilidad por ese atentado, cometido por una célula terrorista y no vinculado, como se dijo inicialmente, a las protestas por el vídeo contra Mahoma. Pero estaba por ver que el paso frene a Romney.
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