Ayer y hoy se celebra un nuevo Consejo Europeo rodeado de expectativas y declaraciones grandilocuentes, adornado de calificativos como histórico o decisivo. Es el decimonoveno que se convoca desde mayo del 2010 para sortear la crisis que, a partir de esa fecha, tuvo un punto de inflexión en el conjunto de la zona euro. Desde aquel Consejo, todos los convocados hasta ahora han venido precedidos por el halo de la solución definitiva y, a la hora de la verdad, los jefes de Estado y de Gobierno, el viernes o el sábado, anuncian medidas innovadoras sobre la periferia, mientras que el lunes los mercados contestan con dureza sus decisiones. Este Consejo tiene que ser diferente. Puede ser histórico si la Unión Europea cambia de enfoque y fortalece los principios y valores que la impulsaron en las primeras décadas de su construcción.
Información publicada en la página 16 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 29 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
En un artículo que publiqué hace unos meses afirmé que «todos esperamos que bajo el impulso del nuevo presidente de la República francesa, François Hollande, las cosas cambien en Europa y, de una Europa monetaria y financiera, pasemos a una Europa política, económica y social, donde el crecimiento y el desarrollo vuelvan a figurar como prioritarios en las conclusiones y decisiones de Bruselas». Tanto Francia como Italia y España demandan un nuevo enfoque que incluya el crecimiento. Al parecer hay distintas propuestas para avanzar en la unión bancaria y fiscal, para solventar los problemas de liquidez, para rediseñar la zona euro… Pero, ante todo y sobre todo, el Consejo Europeo debe tener una discusión política de fondo. Debe preguntarse quién gobierna Europa, si los mercados o los ciudadanos a través de sus representantes políticos. Si la respuesta es que los jefes de Estado y de Gobierno son los que marcan el rumbo, estos tendrán que tomar decisiones drásticas, apostar por una verdadera integración política y otorgar un nuevo papel al Banco Central Europeo. Hay que autorizarlo para que compre deuda pública en los mercados secundarios y crear una agencia de calificación netamente europea. ¡Basta ya de la tiranía de Standard & Poor's, Moody's y Fitch! ¡Basta ya de gente que, como Warren Buffet, pretende comprar España a precio de saldo!
La política europea tiene que ocuparse de lo urgente y también de lo prioritario, y entre sus prioridades está reforzar su papel e influencia en el mundo. Este Consejo sería un éxito si, por primera vez después de dos años, se dedicara un minuto de tiempo a analizar lo que ocurre en la ribera sur del Mediterráneo y nos comprometiésemos decididamente con sus procesos democráticos. Es llamativo que el nuevo presidente egipcio, Mohamed Morsi, haya sido felicitado públicamente por el presidente Obama mientras que ningún líder europeo lo ha hecho y se ignora la nueva realidad política y social del sur de nuestras fronteras.
El Consejo Europeo será un fracaso si volvemos a escuchar a su término al presidente, Van Rompuy, al de la Comisión, Durao Barroso, o a sus destacados miembros anunciar medidas vagas, planes difusos o acuerdos de mínimos. Por el contrario, si no hay un acuerdo de calado podría tener sentido que un grupo de países no suscribiera sus textos, se enfrentase a los problemas reales y al edifico burocrático europeo anteponiendo la defensa de los ciudadanos. Prefiero que Hollande, Monti y Rajoy se planten ante Merkel y no se sometan a nuevos ultimátums de políticas de austeridad que se traducirán en ataques especulativos, más estancamiento económico y una crisis social segura. La prueba la tenemos en España, donde las medidas de austeridad ahogan el crecimiento y así lo atestiguan los datos del último boletín económico del Banco de España, que sitúa la contracción del PIB en un 0,3 % en el último trimestre. En mi opinión, es preferible una crisis europea que revise todas las políticas llevadas a cabo en los dos últimos años, antes que concluir otro Consejo con una ficción de éxito y que el lunes los mercados vuelvan a gobernar el destino de 500 millones de europeos. Lo recomendable sería adoptar decisiones políticas audaces o, por el contrario, abandonar la sesión antes que refrendar la ficción de un Consejo Europeo mediático y pretendidamente histórico que lo único que esconde es el fracaso de una Europa noqueada e irrelevante.