Creyó «haber sido una voz del humanismo» contra los fusilamientos. Y no «de los que permitieron el reverso del sueño que acabó por convertirse en la peor pesadilla». El comandante gallego de la revolución cubana, Eloy Gutiérrez Menoyo, que fue después virulento anticastrista y en el 2003 volvió a la isla como humilde disidente, murió ayer de un aneurisma en un hospital de La Habana. Su testamento político denuncia: «El año 1959 registró un acontecimiento que parecía marcado por la poesía: la revolución cubana. De aquella revolución, esparcidos por la isla y por el mundo, quedan hoy restos dolorosos de un naufragio».
Información publicada en la página 14 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 27 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Aunque no tenía ni el espacio político que le prometió Fidel Castro ni siquiera carnet de identidad, Eloy Gutiérrez pudo al menos morir, a sus 77 años, en medio de esa familia cubana a la que se unió desde niño «al llegar a Cuba como miembro de una familia de exilados españoles republicanos». Pese a la denuncia de una revolución agotada, el gallego Menoyo -como todos lo conocían— se fue con un optimismo basado en «la fuerza telúrica de esta isla, la ternura infinita de la mujer cubana, el poder de innovación de su gente más sencilla». Y con la convicción de que «Cuba resistirá todos los ciclones de la historia y a todos los dictadores».
Con otros tres hijos en EEUU, fue su hija Patricia la que difundió ayer desde Puerto Rico el testamento que le dictó Gutiérrez Menoyo. La crítica disección de «una Cuba desolada en la que el carácter ético del proceso de 1959 se ha hecho inexistente», de «una revolución que ya no tiene sentido moral», de un «cubano que ha ido perdiendo su esencia». Se la podía permitir, porque su vida fue un espejo de los avatares de la revolución y el exilio cubanos desde que, junto al argentino Ernesto Che Guevara y el estadounidense William Morgan -fusilado en 1961--, fue el tercer comandante de la revolución que no había nacido en Cuba.
Aunque tanto el régimen castrista como los exiliados de Miami lo tildaron de «traidor» y lo dejaron en el abandono, Eloy Gutiérrez murió con la creencia de «haber servido a Cuba en diferentes etapas por encima de los errores». Llevaba en la sangre la lucha contra la dictadura. Su padre, médico, fue comandante republicano durante la guerra civil española. Su hermano mayor, José Antonio, murió en el frente. La familia huyó del Madrid franquista en 1945, pero pasó a luchar contra la dictadura de Fulgencio Batista. Otro hermano, Carlos, cayó en 1957 durante el ataque al palacio presidencial de La Habana.
La ruptura
En la lucha guerrillera, Eloy Gutiérrez formó el Segundo Frente de Escambray, un pequeño pero activo grupo, paralelo al de Fidel Castro, que, con el triunfo de la revolución en 1959, se incorporó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias pero sin aceptar cargos en el Gobierno. El gallego Menoyo rompió pronto con el nuevo régimen y sus virajes izquierdistas. Hasta el punto de que en 1961 se exilió para unirse a la violenta organización anticastrista Alpha 66. En diciembre de 1964 fue detenido en Cuba, adonde llegó clandestinamente para organizar un grupo armado. Condenado a 30 años, se pasó 22 en la cárcel, donde protagonizó innumerables protestas y huelgas de hambre, hasta que fue liberado a petición del presidente español Felipe González.
En 1993 fundó Cambio Cubano, un movimiento que propone el diálogo entre el Gobierno y los opositores de dentro y fuera de la isla. En el 2003 regresó a vivir a Cuba y rompió su pasaporte para quedarse. Pero nunca le dieron el carnet de identidad. La revolución «llena de generosidad y lirismo» agotó su «capacidad de concretarse en un proyecto». Alto, cano, medio ciego y sordo, Eloy Gutiérrez fue languideciendo como esos cubanos a los que en su testamento describe cual fruto de la incapacidad del Gobierno cubano de crear progreso: «Como resultado de esta realidad, el cubano deambula sus calles como un ciudadano disminuido, inquieto, triste e insolvente».