Desde el principio de la guerra civil en Siria, Rusia ha sido un fiel ángel de la guarda del presidente sirio, Bashar el Asad. Si ha conseguido manternerse en el poder es al presidente ruso, Vladimir Putin, a quien tiene que agradecerlo. Pero la implacable resistencia del Kremlin a cualquier tipo de nuevas sanciones internacionales tiene una explicación muy materialista.
Información publicada en la página 10 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 12 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Después de que Rusia perdió miles de millones de euros en contratos militares debido a la guerra en Libia, no puede permitirse que lo mismo se repita con Siria, su cliente clave en Oriente Próximo. Además, la Armada rusa quiere mantener en Tartus la única base naval que queda en el Mediterráneo desde los tiempos de la Unión Soviética. Tartus es actualmente un centro de mantenimiento y abastecimiento para la flota rusa del mar Negro.
En varias ocasiones el Kremlin ha reconocido que envía armas al régimen de Asad en plena guerra civil, a pesar de las protestas de Occidente. El último caso más sonado fue la misión fallida del barco Alaed, con bandera de Curaçao, al que el Reino Unido obligó a dar la media vuelta en junio pasado, al descubrir que transportaba armas rusas a Siria.
Pese a la presión de EEUU e Israel, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, no deja de repetir que no existe ningún impedimento legal para que Rusia siga vendiendo armas si son defensivas. «No infringimos ninguna ley. Seguiremos cumpliendo nuestros compromisos contractuales que respetan las limitaciones impuestas por el Consejo de Seguridad de la ONU», dijo. El Kremlin sostiene que tiene aún más razones para suministrar armas a Asad porque Occidente las proporciona a las fuerzas de la oposición.
El propio Putin ha reiterado en varias ocasiones que no hará marcha atrás. Según el Kremlin, Rusia defenderá hasta el final su rechazo a una intervención militar extranjera en Siria, pase lo que pase.