El portaaviones Shi Lang fue presentado el pasado año con la previsible fanfarria. Pekín aseguraba que cumplía su viejo anhelo militar chino y la prensa nacional y occidental coincidían en su relevancia. Sus imponentes 300 metros de eslora y 67.500 toneladas lo convertían, según Pekín, en la joya de la corona naval, mientras el mundo veía en el primer portaaviones chino el salto cualitativo de una flota defensiva a una de ataque y la prueba de la gran amenaza militar del gigante asiático. Se omitió entonces que un portaaviones ya lo tiene cualquiera (una veintena de países, entre ellos improbables potencias como Holanda, España o Tailandia). Y se omitió al Varyag.
Disciplina 8 Delegados militares chinos en una reciente ceremonia de demostración de fuerza. REUTERS / JASON LEE
Información publicada en la página 13 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 21 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El Varyag era un oxidado portaaviones soviético. Acumulaba seis años varado en un astillero ucraniano cuando Kiev lo subastó en 1998 y una empresa hongkonesa lo compró a precio de chatarra. Le faltaba incluso el sistema eléctrico. Después de 13 años de intensivo trabajo de lampistería en los astilleros de Dalian, Pekín presentaba el Shi Lang. Algún experto señala que ya estaba pasado de moda en su inauguración y lo descarta por su torpeza en un escenario bélico.
Mueve a la compasión compararlo con el USS George Washington (propulsión nuclear, capacidad para 70 aviones de guerra, más de 5.000 marineros y casi dos millones de kilos de bombas), uno de los portaaviones estadounidenses que frecuenta las aguas del sudeste asiático.
Distorsión
Es costumbre que la presentación de cualquier artilugio chino dispare el orgullo nacional y los temores globales hasta provocar una distorsión de la realidad. El aumento del gasto militar chino busca reducir la gigantesca brecha con su rival geopolítico. El año pasado llegó a los 600.000 millones de yuanes (unos 72.500 millones de euros) después de una subida del 12,7%, un porcentaje similar al de su crecimiento económico.
Algunos expertos consideran que el gasto real duplica lo revelado por Pekín. Aun así, es muy inferior a los 531.000 millones de dólares (403.800 millones de euros) de Estados Unidos, sumido en una honda crisis económica. Esa cifra no incluye el gasto en armas nucleares (enterradas en el presupuesto de energía) ni las pensiones y servicios médicos para excombatientes y otras partidas, que la elevarían a 1,2 billones de dólares.
El presupuesto
EEUU, con un 5% de la población mundial, concentra la mitad del gasto militar global. Su presupuesto supera al sumado de los 14 siguientes países de la clasificación. «En los siguientes 10 años, el crecimiento del presupuesto de Defensa se reducirá. Pero el asunto es este: todavía crecerá», explicó recientemente el presidente estadounidense, Barack Obama.
En ese contexto, solo el cinismo o la ignorancia pueden alentar la amenaza amarilla. «El mundo no ve a China como un peligro, solo Occidente, debido a nuestros líderes y nuestra prensa. China es incapaz de llevar su fuerza militar más allá de su patio, mientras EEUU tiene flotas en el golfo Pérsico, el Mediterráneo, el Atlántico y el Pacífico, todas con capacidad para librar una guerra. Tiene incluso tropas en Okinawa (Japón) a pesar de que la población local no las quiere. ¿Imaginas la reacción si hubiera tropas chinas en Canadá o en Cuba, a una distancia de escupitajo de Estados Unidos?», señala Alan Mackinnon, experto en armas del movimiento de desarme nuclear.
Estados Unidos tiene 900 bases militares diseminadas en todos los continentes del mundo, y cada vez más en la periferia de China; Pekín no tiene ni un solo soldado fuera de su territorio.