El 7 de mayo, el iconostasio y las nueve cúpulas doradas de la catedral de la Anunciación -la capilla personal de los zares moscovitas, construida en 1489 y enclavada dentro del Kremlin- fueron testigos silenciosos de un acontecimiento excepcional. Vladímir Putin, presidente electo en unos comicios tiznados por el fraude, acudía al templo, tras asumir el cargo, a recibir la bendición eclesiástica e intercambiar sagrados iconos con el patriarca Kirill. Lo hacía acompañado de Liudmila, su esposa, con la que apenas se había dejado ver en público en los últimos años. Poder religioso y temporal se fusionaban en un elocuente abrazo postsoviético, supeditando mutuamente su destino. Y ello, pese a las protestas callejeras y a las crecientes voces disidentes dentro de la institución eclesiática.
Información publicada en la página 10 de la sección de Mundo de la edición impresa del día 18 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Los rusos no parecen satisfechos con el estado de las relaciones Iglesia-Gobierno, motivo que llevó a las Pussy Riot a llevar a a cabo su acción. Según un sondeo, tres cuartas partes de los rusos creen que las autoridades eclesiásticas deberían mantenerse lejos de la política. Que el mismo patriarca luzca en su muñeca un reloj de 24.000 euros no apuntala su imagen de referente moral.