Los guardias civiles de misión en la base afgana de Qala-i-Now son conscientes del riesgo de convivir con algún talibán infiltrado. «Pueden estar años ganándose tu confianza a la espera de su oportunidad. Y cuando llega, acaban contigo. Viven solo para ello. Es el principal peligro que corremos. ¿Cómo luchar contra eso?», reflexionaba ayer uno de los agentes encargados de la compleja tarea de crear de la nada una policía moderna en el país asiático. Unas horas antes, a las 6.20 de la madrugada, hora afgana, dos de sus compañeros, el capitán José María Galera Córdoba y el alférez Abraham Leoncio Bravo Picallo, habían sido asesinados a tiros por el chófer del jefe de la policía de localidad, un hombre con el que solían coincidir en el cuartel. El peor enemigo, el disfrazado de amigo, los había ejecutado, poniendo en evidencia una vez más la vulnerabilidad de las tropas extranjeras ante el adversario talibán. Incluso en una región considerada bastante segura.
Dos policías afganos, junto a los restos de un vehículo calcinado en la revuelta posterior al asesinato de los guardias civiles, ayer en Qala-i-Now. AP
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El terrorista, que irrumpió en una de las clases de formación de la policía afgana con un rifle de asalto, consiguió matar también al intérprete de los agentes, Ataola Taefik Alili, un español de origen iraní, antes de que el resto de los guardias civiles acabaran con su vida.
A 28 DÍAS DEL RELEVO / Las tropas destacadas en Qala-i-Now tuvieron claro desde el primer momento que no se trataba de una reacción espontánea o atribuible a un perturbado. Poco después del mediodía, hora española, el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, definió al acto como un «atentado terrorista premeditado», porque «quien disparó sabía lo que hacía». Pero aún no tenía datos fiables sobre su militancia. Horas más tarde, un portavoz talibán, Qari Mohamad Yusuf, despejó las dudas. «Ghulam Sakhi [el autor de los hechos] tenía contacto con nosotros desde hace dos meses y planeamos el ataque», afirmó en una nota.
El terrorista, era uno de los numerosos policías locales que frecuentan la escuela de formación en la que impartían clases Galera y Bravo. Como el resto de los 35 guardias civiles destacados en esa operación, ambos participaban de forma voluntaria y les quedaba menos de un mes para regresar a casa, exactamente 28 días. El 22 de septiembre iban a ser relevados. El atentado es un nuevo golpe a la misión española en el país, cada vez más en tela de juicio porque con las de ayer ya ha costado 93 vidas.
Los tumultos en las calles de Qala-i-Now que siguieron al atentado tampoco auguran nada bueno. La base española fue objeto de un «intento de asalto» repelido por las fuerzas afganas, según explicó Rubalcaba, aunque los vídeos difundidos solo muestran a grupos de hombres lanzando adoquines contra las instalaciones. Fuera cual fuera el origen de estos disturbios (coordinados con el atentado por la insurgencia, según el Ministerio de Defensa), pueden suponer un cambio significativo en una provincia bajo tutela española que hasta ahora no se había mostrado hostil con las tropas.
Consciente de la situación, el ministro dejó claro que los españoles seguirán trabajando en Qala-i-Now. «Es una misión imprescindible antes de abandonar Afganistán: tenemos que formar a las fuerzas de seguridad afganas y a su Ejército. Esto es lo que estamos haciendo y nuestro propósito es continuar haciéndolo», zanjó con rotundidad.
PÉSAME AFGANO / Por la tarde, el titular de Interior se reunió con la ministra de Defensa, Carme Chacón. Esta ya había hablado con el gobernador de la provincia afgana de Badghis
–donde se encuentra la base española–, quien le transmitió sus condolencias y el agradecimiento a los fallecidos «por los servicios prestados a Afganistán y a los afganos».
El riesgo de trabajar con un infiltrado es difícil de controlar, como mostró el último gran atentado contra las fuerzas de EEUU. Un médico jordano que supuestamente era un agente de la CIA infiltrado en Al Qaeda se hizo estallar junto a siete mandos de la central de inteligencia durante una reunión en una base secreta cerca de la frontera con Afganistán el día de Año Nuevo.