Tragedia en el Caribe

La vida supera a la ficción en Haití, el país de las montañas sin árboles y las tumbas más grandes que las casas

La prestancia y la dignidad de la gente se elevan sobre su tragedia eterna

Viernes, 15 de enero - 00:00h.

Nada es cabal en Haití. Solo los niños, limpios, uniformados de distintos colores según las escuelas, impolutos, las niñitas con los cabellos laboriosamente trenzados con alegres cintas, ofrecían, aunque frágil, una imagen de esperanza y futuro. El resto siempre ha sido una premonición del desastre en este país mágico y miserable en el que la vida supera por todos lados cualquier ficción y las tumbas son más grandes que las casas.

El corazón se encoge cuando al sobrevolar La Española la avioneta cruza por encima de la frontera que parte la isla como un hachazo. Del lado de poniente, Haití sigue siendo Ayiti, país de montañas, como en taíno lo bautizaron los caribes. Pero los montes, incontables, no tienen ni un solo árbol. Cuentan que la tala culminó bajo la tiranía de los Duvalier para evitar que los rebeldes, imposibles guerrilleros tuvieran donde esconderse.

De este modo se multiplican los estragos de los desastres naturales y casi cada año los huracanes y los diluvios provocan aludes que se llevan laderas enteras, inundaciones de barro que cubren casuchas miserables. Convertida en carbón vegetal, la poca leña restante es el combustible de la mayoría de los fogones haitianos, cuando tienen algo que meter en la olla, siquiera agua.

Galletas de barro

Son las mujeres las que cargan el agua desde lejos, entre hombres indolentes. Junto a los ríos o en el cauce de los torrentes se amontona la basura para que el agua se la lleve en la época de lluvias.

El humo del carbón se unía al bochorno y el aire salado de mar para cubrir la capital, Puerto Príncipe, antes de que el terremoto la dejara aplastada bajo el polvillo de la tierra removida y la muerte. Abajo, en el gran llano junto al mar reverberaban las cúpulas blancas de los grandes edificios coloniales, sedes de los poderes. En el palacio presidencial ahora caído el aire acondicionado era llevado al extremo para que las damas pudieran lucir sus abrigos de pieles en fiestas de lujo insultante.

No lejos de ese centro afrancesado, pasado un parque y el puerto, se extienden los grandes barrios de chabolas, aceras de basura prensada y calzadas por las que corren las aguas negras. Basura y mierda entre las que sobresalen las camisetas y los vestidos increíblemente blancos y limpios, la prestancia y la dignidad de unas gentes que, sentadas en el suelo, venden todo tipo de enseres, vestidos y alimentos baratos. Como las galletas de barro, hechas con vil tierra, que más que el hambre van matando el cuerpo.

Adolescentes con M-16

Ahí ya cualquier corazón extraño se paraliza. Los viajeros dicen no haber visto nada igual ni siquiera en África. Son barrios de engañoso nombre idílico, como Cité Soleil, Cité de Dios o Bel Air, que en realidad recuerda al general Belair. Pocos de fuera se atreven a entrar en esos territorios de bandas de adolescentes que tienen jefes con títulos de generales y se mueven con fusiles de asalto M-16 en las manos, discretamente ocultos bajo lienzos blancos.

El resto de Puerto Príncipe,una conurbación de dos millones y medio de habitantes, se encarama por una colina grande y abrupta. Las casas, en obra negra, se han desmoronado ahora unas sobre otras. Entre calles llenas antes de vendedores y ahora de ruinas y cadáveres circulaban los coches y las camionetas más modernas, con extranjeros o negros llenos de cadenas de oro, camino al barrio residencial, Petion Ville, casi en lo alto de una montaña de la que de vez en cuando bajaban al asalto otros barrios marginados que la culminan. Nada es cabal en Haití.