Una vuelta de tuerca más a los efectos que la duda ante sospechosos pero no probados hechos provoca en el ser humano. A diferencia de la obra de John Patrick Shanley que se representa en el Poliorama y que trata un tema muy parecido, 'El principi d'Arquimedes', de Josep Maria Miró Coromina ('Gang, Bang'), estrenada en la Sala Beckett, está más pegada a la realidad de hoy y plantea cuestiones morales que nos intranquilizan.
Miró, también director del montaje, juega magistralmente con la construcción dramática para crear climas inquietantes y perturbadores. Y lo hace con una sensibilidad y un dominio de los tiempos absolutamente abrumadores. La exposición de los hechos, fragmentados pero vueltos a unir para que nadie pierda el hilo, está siempre planteada con agilidad y claridad. Se trata de que el público tenga todos los elementos de juicio que le brinda la actuación de los personajes para que al final tome partido en el inquietante debate social que se plantea.
El autor sitúa la obra en el ámbito de una piscina municipal. Todo parece ir bien hasta que una niña cree que ha visto al entrenador del grupo infantil de natación Cavallets de Mar (Rubén de Eguía) darle un beso a un niño. La directora del centro (Roser Batalla) recibe la queja de un grupo de padres, quienes, alertados por un caso de pedofilia en un casal próximo, sospechan del comportamiento del monitor. Este defiende firmemente su inocencia, pero la sentencia ya está dictada antes de que ni siquiera tenga tiempo de explicarse públicamente.
Las dudas llegan hasta su jefa y a su amigo y compañero de trabajo (Albert Ausellé). El padre del niño (Santi Ricart) lidera la intolerante actitud de las familias que tienen a sus hijos en el club. Su discurso se mantendrá siempre enfrentado con el del centro, que defiende al entrenador. 'El principi d'Arquimedes' no es una obra sobre la pedofilia, sino que apunta más alto entrando de lleno en la enfermiza psicosis social que nos rodea. Entre otras cosas, muestra cómo el miedo a perder una determinada seguridad genera violencia.
El gran trabajo de todo el reparto, especialmente el de un sutil y ambiguo Rubén de Eguía, redondea el espectáculo, uno de los mejores del actual Grec.