Jordi Puntí
El jueves se inauguró en Londres la torre Shard, un monstruo cónico de acero y vidrio, proyectado por Renzo Piano y pagado por unos inversores de Catar. El estilete de 310 metros es ahora mismo el edificio más alto de Europa, pero su reinado será corto: hasta finales de año, cuando se culmine la Torre Ciudad Mercurio, de Moscú, con 332 metros.
Información publicada en la página 53 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 07 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Hace siglos que el hombre se empeña en querer tocar el cielo. Construye gigantes para poderse encaramar a sus hombros y sentirse importante. Aunque el fanatismo religioso hundió las Torres Gemelas, el castigo divino de la torre de Babel ya no da miedo. El cemento es lengua universal. Manda la economía y cada metro hacia arriba es una demostración de músculo y poder. No todo el mundo puede transformar el skyline de una ciudad. Quizá deberíamos ver la conquista del cielo como una nueva carrera espacial. Con la gravedad a favor, los rascacielos y torres son como cohetes que van subiendo, pero nunca despegarán de la tierra.
La historia de esta quimera tan fascinante se puede seguir en una exposición muy bien argumentada de CaixaFòrum: Torres y rascacielos. De Babel a Dubái. Partiendo de la leyenda de la torre de Babel, como la pintó Bureghel el Viejo, el visitante sigue los intentos de la arquitectura para trepar cada vez más alto: de las catedrales medievales a las torres de defensa o celebración, como la torre Eiffel; de la edad de oro de los rascacielos americanos -el Flatiron, el Empire State- a los proyectos visionarios y no realizados de Adolf Loos o Mies van der Rohe, o a los delirios de grandeza que hoy convocan los petrodólares de Oriente.
Las maquetas tienen un gran poder de atracción: te las llevarías a casa. Las fotos y las palabras de los arquitectos parecen un relato onírico. Si el inicio con la torre de Babel es fantasioso, el final resulta igualmente irreal: en la actualidad la torre más alta del mundo es la Burj Khalifa, en Dubái, 828 metros imposibles de comprender. Incluso la maqueta da vértigo.