Calixto Bieito habla de Calderón de la Barca con devoción, algo que le viene de sus días de alumno en un colegio de jesuitas. El director más internacional de la escena española lo considera «un autor de cabecera», «un precursor del arte total como diría Wagner» y lo sitúa al nivel de «Racine, Shakespeare o de las pinturas de Velázquez y Rubens». Bieito dejará mañana muestra de esa admiración en el Lliure, dentro del Grec, con la presentación española de su versión del auto sacramental El gran teatro del mundo. Estrenada en noviembre con gran éxito en la ciudad alemana de Friburgo, la obra fue también el bautismo del Barcelona Internacional Teatre (BIT), el proyecto de colaboración de la empresa Focus con una veintena de teatros internacionales.
Información publicada en la página 53 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 19 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
«Es un espectáculo que tenía en la cabeza desde hace mucho tiempo», dice el director de Miranda de Ebro. Allí tuvo contacto con los 1.500 versos del texto en la escuela, «cuando me forzaron a leerlo en voz alta». A la fuerza y con el efecto de «conmoción y un poco de miedo». La presencia en El gran teatro del mundo del personaje del niño que nace muerto aún le causa «un profundo desasosiego».
Bieito adoptó la fórmula de la cantata experimental para acercarse a su segundo calderón, tras su aclamada versión de La vida es sueño. La cantata se apoya en la música «incidental» de Carles Santos, otro gran experto del barroco. Y como explica el dramaturgo Marc Rosich, la obra responde al «tópico barroco de la vida como representación». Es el personaje del Autor (Dios) quien le pide al del Mundo que los mortales representen un papel en «el teatro de la vida». A los tres de la esfera divina (Autor, Mundo y Ley de Gracia) les corresponde la música vocal cantando en español. El teatro de texto, en alemán, es para los siete mortales: el Rey, la Hermosura, la Discreción, el Rico, el Pobre, el Labrador y el Niño.
NIHILISMO SIN TONO MORALIZANTE / Esos personajes serán sometidos, sin ensayo previo, al juicio de la vida en el rápido tránsito entre la cuna y la sepultura, como dice el verso. Bieito y Rosich han ahondado en el «trasfondo pagano» de una cantata de fuerte componente católico. «Eliminamos el tono moralizante y la publicidad eclesiástica del final», dice el director. En la puesta en escena, con una escenografía de Rebecca Ringst a partir de una gran instalación tubular inspirada en las grandes catedrales, ha ido a la esencia de las escenas, cargando el nihilismo de Calderón, su existencialismo pesimista.
Ve en ello Bieito un paralelismo con estos días de absoluta penumbra. «Vivimos un momento que tiene mucho de barroco, con el hombre perdido en la oscuridad. Somos marionetas de no sabemos qué, aunque igual lo sabemos y es mejor ignorarlo», sostiene un artista cuyos espectáculos «cercanos a la poesía, nada políticos y que quieren conmover» son reclamados en medio mundo, de Londres a Buenos Aires. «Lamentablemente no se verán por aquí en los próximos años». El Grec subsanará dos días esa carencia.