El Periódico

Viernes, 11 de marzo del 2016 - 17:23 CET

Sentirse extraño en casa es frustrante. Pasó –otra vez– el jueves a mediodía, en el restaurante coreano Yalujiang, que en realidad llevan chinos con la excusa geográfica de la cercanía con la frontera de Corea del Norte.


El aspecto de 'bar manolo' (con-manolo-ya-jubilado) desaconsejaba la entrada. Pero la cocina es para los valientes, así que franqueamos el paso.


En cada mesa, una plancha eléctrica. Por supuesto elegimos la barbacoa. Carnes semicongeladas a precio excesivo, aunque una vez pasadas por la resistencia y sobre una hoja de lechuga y con una salsa de miso (¡cuánto afeite!) fueron aceptables.


Buen kimchi (col fermentada), bien salseado el jajangmyeon (fideos y pasta de soja), rico el bibimbap (huevo, vegetales, arroz) y asombrosa la tortilla coreana.


Intentamos comunicarnos con el camarero sin éxito. Al salir la cocinera para retirar platos, pregunté por el relleno de los huevos y la respuesta me dejó perplejo, y preocupado: «No sé. Es una harina que viene de Corea». Insistí, pero no pude averiguar más.


¿Era un preparado? ¿Lo había hecho ella? ¿Cuánto de lo comido era casero y cuánto de bote?


No sé, no entiendo. ¿Quiere la cuenta?