El Periódico

Viernes, 1 de abril del 2016 - 17:38 CEST

Sallent, en el Bages, tiene unos 6.700 habitantes y un restaurante meritorio, Ospi, que por la oferta podría ser competitivo en una metrópoli.


Defender una cocina con personalidad en un pueblo es temerario pues la población estable a la que dirigirse es reducida y la otra, la de paso, es más difícil de atrapar que un Correcaminos dopado.


Hace ocho años, Òscar Piedra se atrevió con un establecimiento que rompía con el discurso local y sigue resistiendo al igual que otros pequeños campeones diseminados por núcleos de toda Catalunya.


Perpetuar esa inmersión a la payesa que se supone que atrae al barcelonés (butifarra, mongeta, platazos de chuletas a la brasa, ensalada verde con cebolla) para reconciliarse con sus ancestros es una visión reduccionista de la diversidad.


En Ospi comí un taco con mollejas y salsa picante, un conejo escabechado y una coca de atún (ep, menos tomate) de rechupete. Lo difícil es sobrevivir: «Cuando comencé, el cátering representaba el 10%. Ahora es el 90%».


Si Òscar cerrara el restaurante probablemente ganaría más dinero, tendría menos quebrantos, pero menguaría como cocinero.

El centrocampista del Manchester United gusta al nuevo técnico y encaja al área deportiva