El Periódico

Viernes, 27 de mayo del 2016 - 19:33 CEST

Viajé a Islandia sin suerte. Quise probar una cocina única, ártica, radical y di con platos mediocres (y alguno, incomible).


Seguro que hay direcciones en las que brillan –en esta época, hasta la medianoche– chefs finos o, al menos, con sentido común. O puede que haya demasiados 'foodies' dispuestos a maquillar los viajes y contar vivencias inanes como experiencias definitivas.


Según a quien leas parece como si en Reikiavik se cocinara la siguiente revolución a fuego de volcán. Barbas rubias y tatuajes turbios: buenos ingredientes para algún congreso visionario.


Dos cenas y una comida. Nos garantizaron que Sushi Samba (nada que ver con el original de Londres) era 'in' y tenían razón: intrascendente.

Los rollitos de salmón invitaban a salir nadando. El frailecillo había sido ahumado con queroseno. Lo único decente fue la mini hamburguesa de reno: me habría comido hasta los cuernos.


Fue peor Kolabrautin, alojado en el edificio Harpa, la ópera. Bacalao ahogado en manzana dulce y un cordero con tanto nervio que aún lo llevo enganchado en el molar (y, en cambio, el cuello guisado estaba perfecto).


Pasa algo en Reikiavik, pero ¿qué?

Dos goles de Leo y otro de Rakitic sirven al Barcelona para ganar en el Bernabéu