Cumple 70 años y está de gira. Incansable y tan ávido de fama y reconocimiento, como hace medio siglo, cuando nacieron los Beatles, el grupo que ha marcado su vida y la de toda una época.
El artista británico Sir Paul McCartney en un concierto en el Palacio de Buckingham en Londres, el 4 de junio de 2012. EFE
Hace mucho tiempo que Paul McCartney subió a los altares, pero a pesar de tener la inmortalidad garantizada, no hay quien le baje de los escenarios. Los 60 discos de oro, los 100 millones de álbumes y los otros 100 millones de singles vendidos, le han consagrado como el compositor más famoso de todos los tiempos. Ha conseguido todos los premios y le sobran los laureles. Pero él sigue, dale que dale. "Me gusta tanto lo que hago, que la verdad es que no quiero parar. Siempre estoy mirando de reojo cómo me siento y, cuando estoy en el escenario, me siento francamente bien, como me he sentido siempre. O sea que, de momento, la banda está a tope. Estoy disfrutando", acaba de declarar a la revista Rolling Stone, con motivo de su cumpleaños. Multimillonario, con una fortuna valorada en más de 800 millones de euros, casado recientemente en terceras nupcias con Nacy Shevell, una rica y apetecible heredera norteamericana, vegetariano militante, celebridad internacional, McCartney no quiere contar las velas de la tarta. "Nunca me voy a creer que tengo 70 años y no me importa lo que digan los demás. Hay una pequeña célula en mi cerebro que nunca me va a permitir creer que tengo 70 años", afirma. Sus millones de fans le siguen por todo el mundo con una fidelidad inquebrantable. Por lo que es y sobre todo, por lo que fue. Los menos benevolentes advierten que ha perdido la inspiración de otra época. El músico que compuso Yesterday, una de las canciones más hermosas escritas nunca, es incapaz de retirarse.
McCartney dejó los Beatles en 1970, pero no puede vivir alejado del escenario, de los focos, de las cámaras, de la adoración popular. Concede entrevistas, promociona sus discos, acude a los desfiles de su hija Stella, a los festivales de cine, a las emisoras de radio. Expone sus pinturas, escribe poemas, se atreve a componer la música para un nuevo ballet en Nueva York, sin demasiada fortuna. Su energía es inagotable. La fama es una droga que le gusta y le pesa. "Nunca ha sido más duro el ser famoso como ahora", se lamentaba vanidosamente en el diario suizo Blick . "Hoy todo el mundo tiene un teléfono con una cámara". Esa legión de paparazis aficionados no le permite, afirma, disfrutar en paz de una comida en un restaurante sin tener que posar para la foto "cada pocos segundos".
Víctima en el escándalo de las escuchas, su teléfono y el de su exmujer, Heather Mills, fueron pinchados por los tabloides británicos en la época en la que ambos se estaban divorciando, con una ferocidad que recodaba La guerra de los Rose. El equipo de relaciones públicas y abogados que vela por la imagen impoluta y santificada del músico tuvo que emplearse a fondo para contrarrestar las acusaciones de Mills.
El tempestuoso matrimonio duró cuatro años y fue uno de los más grandes errores que McCartney ha cometido en su vida. No solo le costó muchos disgustos y 31,6 millones de euros poner fin a la unión. También estuvo a punto de romper la relación con sus hijos, que siempre se opusieron a aquella boda. El músico había estado casado durante 29 años con Linda Eastman, que le acompañaba a todas partes, hasta que murió de cáncer en 1998. Su desaparición le hundió en un periodo de depresión y vulnerabilidad.
El clan de los McCartney vuelve a aparecer unido en prestigiosos y deslumbrantes eventos públicos, muy rentables para todos ellos. Paul y los suyos pertenecen a esa aristocracia artística, llamada en el pasado jet-set, que hoy cena en la Casa Blanca con los Obama y almuerza al día siguiente con el príncipe Carlos en Highgrove. Stella McCartney, la diseñadora, está casada con un editor y es madre de cuatro hijos. Mary, la fotógrafa, es esposa de un escritor y director cinematográfico. James acaba de grabar su primer disco a los 30 y pocos años. Heather, la hija de Linda, que Paul adoptara, vive dedicada a la cerámica. A ellos se sumó hace ocho años Beatrice, fruto del matrimonio con Mills. Por la pequeña, el músico ha decidido dejar de fumar porros.
Hace pocos días, McCartney puso el broche final en Londres al concierto del Jubileo de la reina, a la que dedicó la canción All my Loving. El aparente apego a la monarquía le viene de la infancia. En 1953, cuando era un escolar de 10 años en Liverpool, ganó un premio por una redacción con un par de faltas gramaticales sobre la coronación de Isabel II. "Una reina joven preciosa", decía el chaval. Años más tarde, cuando en 1969 Lennon devolvió la condecoración como Miembro del Imperio Británico, en protesta por la política británica en Biafra y Nigeria, McCartney la conservó. Dos décadas después fue investido Caballero.
Sir Paul será también el encargado de cerrar la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres, el otro gran show de este verano en el Reino Unido. Su designación ha levantado críticas, entre los que piensan que nuevas estrellas, como Adele por ejemplo, merecerían ese honor. "Es un prisionero de su propio pasado, condenado para el resto de su vida a una versión cada vez más desdibujada de sí mismo en los tiempos de gloria", afirma Peter Ames Carlin, autor de la biografía Paul McCartney: A Life. Retirarse es el único lujo que el exBeatle no está dispuesto a permitirse.