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A los que quería de verdad, a sus amigos, a sus íntimos, Sancho Gracia les llamaba de usted. Y a mí me llamaba de usted. Tanto nos queríamos que el día de mi boda viajó desde Uruguay, donde estaba rodando Curro Jiménez, para ejercer de padrino y recitar, ante 300 invitados, la poesía Usted, de Rafael de León, del poemario Pena y alegría del amor. Aquel viaje a Barcelona fue excepcional porque vino mientras estaba trabajando al otro lado del charco pero su presencia en la ciudad era más habitual de lo que muchos imaginan. Se sentía muy a gusto aquí.
Sancho Gracia, Paco Pamies y el banderillero Manolo Fuentes, en el hotel Avenida Palace, a principios de los 70. PACO PAMIES
Información publicada en la página 325 de la sección de Gente de la edición impresa del día 11 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Su idilio con Barcelona comenzó a finales de los 60, cuando estuvo rodando la serie Los tres mosqueteros. Y lo consolidó cuando se instaló en el teatro Moratín (ahora es la discoteca Luz de Gas) para representar la obra Tiempo de espadas, que estuvo casi un año en cartel y en la que intervenían Joan Pera y Anna Maria Barbany. Allí nos conocimos. Yo era un meritorio de 16 años que hacía de hermano de Pera. En cuanto me vio me dijo: «Usted para esto no sirve. Aproveche el tiempo en otra cosa». Y él me ayudó en todo. Me enseñó a leer y a escribir y se convirtió desde entonces en mi segundo padre, en mi hermano mayor, en mi tutor.
AL VOLANTE DE SU CITROËN TIBURÓN / Y yo me convertí en su hombre de confianza, en su secretario, en el tipo que contenía a las fans (qué locura provocaba en las discotecas de toda Catalunya donde le daban premios por sus éxitos), en su chófer si hacía falta (aunque él se movía con su propio Citroën Tiburón, sobre todo cuando alquilaba un piso en los apartamentos El Pinar, en Castelldefels, donde su queridísima familia le iba a visitar cada dos por tres).
Le encantaba ir a comer a los chiringuitos de la Barceloneta. Era un buen gurmet y su local favorito era el 7 Portes. Y también salía de noche. Cuando acababa Tiempo de espadas, solía tomar alguna copa en el Bocaccio, donde se veía con Luis Sagnier, que tenía un bar en la calle de Aribau, con los productores José Luis Dibildos y Roberto Bodegas... Y en El Rincón del Artista compartía confidencias con Jaime Albó, dueño de la sala Apolo. También iba al Bacarrá, al Charlie Max, al Las Vegas, al Don Chufo, adonde le acompañé para ver actuar a su amigo Julio Iglesias... De día se citaba en el Sandor con Carlos Campos (empresario), Eduardo Rico (chatarrero), Carlos Tristán (actor bohemio y divertido)...
A Barcelona iba muy a menudo. Unas veces lo hacía por trabajo (recuerdo hace muchos años la obra La mamma, con Mary Carrillo, otro exitazo, que supuso su debut en la ciudad; y ya más cerca en el tiempo, el rodaje de Mala uva); pero muchas otras se plantaba en la ciudad por el simple placer de reencontrarse con sus amigos. Se sentía a gusto porque nadie le acosaba por la calle como en Madrid, aunque siempre hablaba con quien le abordaba. Su pena fue que nunca fue capaz de hablar catalán porque no se le daba nada bien eso de aprender idiomas, igual que cantar, su otra frustración. Eso era lo de menos porque su recuerdo será para mí imborrable.
Va por usted, Sancho.