a Ferran Adrià le costaba ayer hablar. «Llevábamos un par o tres de meses con pruebas, de aquí para allá... Y cuando lo ves por escrito en un papel... Yo soy un tío bastante duro pero esto me está costando mucho». Y de lo que hablaba, de lo que intentaba hablar, era de la enfermedad neurodegenerativa que le ha sido diagnosticada a Juli Soler (Terrassa, 1949), su socio en El Bulli, un director de sala tan rompedor como lo ha sido el de L'Hospitalet en los fogones. Su mujer y sus hijos, y los responsables de la fundación de El Bulli, sus dos familias, emitieron ayer sendos comunicados en los que anunciaban su adiós forzoso, a los 63 años, a la dirección ejecutiva de El Bulli Foundation.
Información publicada en la página 49 de la sección de Gente de la edición impresa del día 20 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La nueva etapa del establecimiento de Cala Montjoi, que iba a iniciarse en el 2014, tendrá a Soler como presidente de honor. Adrià avanzó ayer que el primer estatuto de la fundación obligará a esta a cuidar del hombre que dirigió el restaurante de Roses desde 1981. «Juli tiene que estar orgulloso de nosotros. Si pensábamos que íbamos a hacer un proyecto único, ahora todavía lo será más», explicó el chef a este diario.
«COMO UN MATRIMONIO» / «Éramos como un matrimonio, trabajando 14 horas diarias durante 30 años. Hay quien no se acuerda de que estuvimos 14 años sin poder pagar bien al personal a final de mes ni de que hacíamos vanguardia y nadie nos apoyaba. Pero tanto él como yo antepusimos el negocio a un proyecto gastronómico. Encontrar un socio así es casi imposible. Además, él ha sido tanto o más importante que yo en esta historia», valoró Adrià, que fue fichado por Soler en 1984 para sustituir a Jean Paul Vinay.
Precisamente de esa importancia daban cuenta ayer varios colegas del director de El Bulli. Josep Monje, de Via Veneto, destacó que «es un hombre que ha roto moldes, con una capacidad organizativa tremenda, que ha creado equipos extraordinarios». Al propietario del restaurante barcelonés, que compartió con Soler el cargo de ayudante de camarero en el Reno a principios de los años 60, le impresionaba «su capacidad para, aparentemente, no acusar la presión de llevar un establecimiento de este tipo». «El mundo de la sala ha perdido un personaje, un número uno incuestionable», concluyó.
«ESTIMA, NATURALIDAD Y CERCANÍA» / Lluís Garcia, uno de los responsables de sala de El Bulli, calificó a su jefe como «el más grande de todos de los que ha habido en la sala de un restaurante cuya figura fue absolutamente imprescindible». García subrayó que fue el precursor a la hora de «tratar a la gente con estima, naturalidad y cercanía».
Y Josep Roca, sumiller y director de sala de El Celler de Can Roca, analizó su capacidad para revolucionar un servicio «cerrado y a menudo postizo convirtiéndolo en un jolgorio de afecto y ganas de vivir». «Con esa manera de trabajar puso en bandeja la llegada de Adrià al Bulli», reflexionó. «Y, sobre todo, reforzó la idea de que la cocina y el servicio son una familia, una familia por la que se ha desvivido. Ahora, toda la familia de la gastronomía le protegerá».