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Juicio a la universidad

Estudiar, pese a todo

Los jóvenes ven la universidad como refugio y oportunidad de futuro mientras dura la recesión

Domingo, 16 de junio del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
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Toca buscarse la vida SANDRA SUAREZ
MARÍA JESÚS IBÁÑEZ / INMA SANTOS HERRERA

Tres están a punto de entrar en la universidad y cuatro la dejan ahora. Y aunque todos ellos nacieron justo cuando España alumbraba también su inminente despegue económico (unos son de 1991, los otros, del 95) y disfrutaron de infancias felices y consentidas, no les importa ser identificados como la generación de la crisis. «Empezamos la carrera cuando la economía y el paro ya iban mal y, cuando la terminamos, están aún peor», observa Carlota Sánchez, publicitaria y relaciones públicas recién graduada. «Y nosotros, los que salimos ahora del instituto, lo mismo: primero, los recortes, y luego, las tasas universitarias más caras que nunca», añade Natàlia Pelegrín, candidata a estudiante de Psicología.

Los siete estudiantes tras el debate, en la cafetería Mitte de Barcelona, el jueves. PRODUCCIÓN: CRISTINA CAMARERO FOTOS: JULIO CARBÓ

Los siete han sido citados por EL PERIÓDICO para compartir, el jueves pasado, un café o un refresco y para debatir sobre su experiencia estudiantil y sus planes de futuro. Solo les separa el paso por la universidad. Los que se gradúan ahora (la primera promoción del plan Bolonia, por cierto) aconsejan a los más jóvenes, y estos, recién sometidos a la experiencia de la selectividad, les exponen sus dudas. Saben que la enseñanza superior no será para ninguno -ni para los que terminan, ni para los que comienzan- la panacea, pero... ¿qué van a hacer, si no?

Estudian porque no tienen alternativa, porque esperan que, cuando las cosas vuelvan a marchar bien, ellos sean los mejor preparados. «Ya no vale, por ejemplo, saber un solo idioma extranjero. Ahora han de ser dos. Por fuerza», señala Quim Motger, ingeniero informático en ciernes que no descarta hacer un Erasmus cuando llegue el momento. «Hay que estudiar y cuantos más estudios y más especialización, mejor. La competencia es enorme y hay que estar preparados», sostiene la ya periodista Carlota Vendrell. La universidad es un refugio, sí, pero también una oportunidad de futuro.

La FP no seduce

«Ahora mismo, por mucho que digan que hay demasiada población universitaria, la formación profesional no es una alternativa», objeta David Arasa, el economista del grupo. «Yo ni me planteé esa opción», ratifica Paula García, la chica de la tímida sonrisa, pendiente de saber si podrá cursar Ingeniería Biomédica. Y es que, por muy mal que esté el panorama -con una tasa de paro juvenil del 57,2%-, la situación para quienes tienen un título superior es ligeramente más optimista. El desempleo afecta al 45,14% de los licenciados menores de 24 años, pero se reduce al 27,7%, entre los universitarios de 25 a 29 años, según la última Encuesta de Población Activa (EPA).

«El primer curso es la prueba de fuego. Hay mucha gente que lo deja después de ese primer año», arranca Eduard Alfonso, a punto de graduarse en Psicología en la UB. Lo que cuenta Eduard está estadísticamente probado: el abandono en primero afecta a un 30% de los universitarios. De estos, un 10% se cambian de carrera, mientras que el 20% acaba colgando los estudios. «Yo mismo estuve planteándomelo, porque quedé bastante decepcionado con las asignaturas que dimos ese curso. Luego, en segundo, ya empiezas a entrar en materia y mejora», prosigue Eduard, animado por Natàlia, que justo quiere estudiar la misma carrera en la misma universidad.

¿Pero no se suponía que con Bolonia los planes de estudios se iban a actualizar? «Lamentablemente, las clases siguen estando masificadas y el alumno continúa siendo demasiadas veces un número», responde Eduard. «Y como hay tanta gente, las clases son poco participativas: el profesor llega, da su explicación, encarga los trabajos que toque y se marcha», cuenta David Arasa, que, al estudiar un grado en lengua inglesa ha compartido aula con estudiantes de otros países. «Quizás sea una cuestión cultural -agrega David, mientras el resto asiente-, pero los alumnos que llegan de EEUU enseguida intervienen en clase».

Materias que se repiten

Además, «aquí las carreras siguen siendo demasiado largas. Hay veces que las asignaturas de un curso y del siguiente son casi un calco. Hubo una ocasión en que estuve tentada de presentar un mismo trabajo dos veces», afirma -medio en serio, medio en broma- Carlota Sánchez. En su opinión, compartida por casi todos los miembros de la mesa, «en muchas titulaciones habría bastado con que los grados fueran de tres años de duración».

Es el modelo 3+2 (tres cursos de grado y dos de máster), por el que apostaron la mayoría de países del Espacio Europeo de Educación Superior. España, en cambio, es uno de los pocos países firmantes de la Declaración de Bolonia que imparte grados de cuatro años y másteres de uno (lo que se conoce como modelo 4+1). Los otros tres son Chipre, Turquía y Eslovenia. El resto, casi medio centenar, ha adaptado sus títulos al 3+2 para dar mayor protagonismo a la especialización, facilitar la homologación de títulos y promover la movilidad de los estudiantes.

Hablando de movilidad, la otra Carlota del grupo, la periodista Carlota Vendrell, introduce otro tema clave: los idiomas. Ella, que también ha empezado a estudiar francés, va a irse este verano a Australia a perfeccionar su nivel de inglés. Y no descarta quedarse el tiempo que haga falta. «Es fundamental salir fuera, tanto si es por estudios como si es para buscar trabajo», concluye su tocaya Sánchez. Y los demás vuelven a asentir.

Poca información

Esta generación de la crisis, la mejor preparada de todas, lo está pagando caro. «Sí, porque, mientras tanto, la universidad aumenta de precio pero no la calidad de los estudios que se ofrecen», critica la joven publicitaria de Sant Just Desvern. Ella, que también está mirando vías para seguir sus estudios en el extranjero, asegura que «becas hay muchas, pero la gente no las conoce».

También falta información a la hora de buscar carreras y másteres, replican los más jóvenes. «Toda la orientación que hemos tenido ha sido la que nosotros mismos nos hemos buscado. Durante el curso pasado, vinieron al colegio algunas universidades, la mayoría privadas, a vender su producto», explica, resuelta, Natàlia Pelegrín. «Y cuando preguntabas la diferencia entre alguna ingeniería no sabían siquiera responder», protesta Paula García. Además, vuelve a objetar David Arasa, «es difícil decidir en qué universidad estudiar. Yo creo que harían bien en especializarse, que cada una de ellas se distinga en un área determinada, para facilitar la decisión a los estudiantes y para racionalizar la oferta», recomienda. «Aunque lo que importa, en definitiva, es estudiar algo que realmente guste y motive. Después, ya me espabilaré», afirma Natàlia.

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