El aspirante republicano a la Casa Blanca Mitt Romney ha dado esta madrugada un paso más hacia una nominación que tiene casi asegurada con sus victorias en las primarias que este martes celebraban Indiana, Carolina del Norte y Virgina Occidental; unas consultas en las que se ha impuesto cómodamente ante el único rival que queda en la contienda, el congresista tejano Ron Paul, después de las retiradas de Rick Santorum y de Newt Gingrich.
De acuerdo con las últimas proyecciones de las cadenas de televisión de EEUU, Romney acumula en torno a 850 delegados, a los que sumará casi todo el centenar puesto en juego este martes, y Paul no llega a los 100. Se necesitan 1.144 delegados para lograr la nominación presidencial a finales de agosto en la convención que los republicanos celebrarán en Tampa (Florida), de donde saldrá el rival del presidente Barack Obama para las elecciones de noviembre.
En Indiana, con el escrutinio casi completo, Romney obtuvo el 64% de los votos frente al 15% de Paul. En Carolina del Norte, con un 74% escrutado Romney se llevó el 66% de los votos frente al 11% de Paul. El exgobernador también venció ampliamente en Virginia Occidental, con un respaldo del 70% con casi el 30% del escrutinio.
Ante el ya esperado triunfo de Romney en las tres primarias de este martes, la atención se centró en votaciones paralelas como la que se celebró en Carolina del Norte, donde los ciudadanos aprobaron en un referendo una enmienda para introducir en la Constitución la definición de matrimonio como la unión exclusiva de un hombre y una mujer.
La jornada también fue fructífera para los conservadores en Indiana, donde Richard Lugar, un veterano legislador experto en política exterior y con casi cuatro décadas de carrera en el Senado, fue derrotado por el candidato del Tea Party en las primarias republicanas y no podrá aspirar a la reelección.
Richard Mourdock, secretario estatal del Tesoro y apoyado por el Tea Party, se enfrentará en noviembre al demócrata Joe Donnelly por un puesto en el Senado. La derrota de Lugar supone un espaldarazo para el ala más conservadora del Partido Republicano, partidaria de drásticos recortes en el gasto público en EEUU.