Mitt Romney, indiscutible favorito a la nominación republicana hasta que Newt Gingrich le barrió en Carolina del Sur, es un político de buena cuna. Como muchos de los presidentes, estudió en una de las universidades de la Ivy League. Y como muchos altos cargos públicos, su apellido está ligado a una dinastía política, la que inició su padre, gobernador de Michigan y candidato a la presidencia en 1968. Hasta cumple con esa otra regla no escrita y no siempre certera de que para llegar a la cima en Washington hay que ser inmensamente rico. Solo tres presidentes --los latifundistas George Washington y Thomas Jefferson, y el industrial minero Herbert Hoover-- tenían, según Forbes, mayores fortunas.
Nacido en Detroit (Michigan), capital del coche, en 1947, Romney está casado y tiene cinco hijos varones. Hace jogging, bebe leche durante los actos de campaña y le gusta poco la caza. "Solo cazo pequeñas alimañas", dijo en un debate reciente. Su fortuna ronda los 250 millones de dólares, lo que le hace formar parte del 1% más rico de EEUU, la denostada plutocracia. En los dos últimos años pagó un 14% de impuestos porque todos sus ingresos tributan como ganancias de capital. Algo más de 4 millones de dólares los donó a la iglesia mormona, que recomienda a sus miembros entregar el 10% de sus ingresos como diezmo.
Si la justicia poética no existiera, podría decirse que Romney está llamado a ser presidente. Incluso su físico parece sacado de un casting para una serie sobre el ala oeste de la Casa Blanca. Pero no siempre basta el pedigrí y un bolsillo a rebosar para llegar a lo más alto. Hace cuatro años, un conservador tan heterodoxo como John McCain le arrebató la nominación republicana. Algunas de las rémoras de entonces le siguen persiguiendo. Desde la falta de espontaneidad a la dificultad para conectar con la gente de a pie. O esa tendencia a cambiar de postura en función de los intereses del momento, ya sea sobre el aborto, el cambio climático o las armas automáticas.
Romney se crió en una familia mormona, la única religión genuinamente estadounidense, inventada en la primera mitad del siglo XIX por Joseph Smith. El exgobernador pasó dos años de misionero en Francia y a los 32 fue ordenado obispo de la Iglesia de Jesucristo de los Santos del Último Día. Aunque intenta mantener su fe en la esfera privada, consciente de que parte de los cristianos evangélicos la consideran una secta, su conexión con la jerarquía mormona le sirvió para organizar los JJOO de invierno en Salt Lake City (2002), el Vaticano de los mormones.
Un año más tarde se hizo con el cargo de gobernador de Massachusetts, uno de los estados más progresistas del país, nueve años después de haber perdido las elecciones al Senado frente a Ted Kennedy. Sus planteamientos moderados aún le persiguen. Pocos le perdonan que aprobara la reforma sanitaria que inspiró a la del presidente Obama. Romney se ha comprometido a revocarla si llega a presidente, una muestra más de cómo ha ido adaptándose al purismo que reclaman las bases.
Pero es en el sector privado donde se hizo multimillonario. En 1989 fundó Bain Capital, una firma de inversiones dedicada a comprar empresas, reestructurarlas y venderlas. Sus 15 años al frente de la compañía fueron enormemente lucrativos para sus inversores, pero también hubo quiebras y despidos masivos, gajes del oficio que sus rivales republicanos han utilizado para presentarlo como un tiburón capitalista.
Romney tiene el apoyo del establishment del partido, más por eliminación que por otra cosa, pero ahora le toca luchar y jugar sucio, desplegando una agresividad que ha preferido dejar tradicionalmente para las reuniones a puerta cerrada.