ÜLTIMA HORA ERC ganaría las elecciones y CiU caería hasta los 35 escaños, según el barómetro del CEO
La política estadounidense ha huido históricamente de los extremos, como demuestra la consolidación de su sistema bipartidista, y sus dirigentes han sido capaces durante mucho tiempo de ponerse de acuerdo respecto a los grandes asuntos nacionales. El republicano Eisenhower, por ejemplo, mantuvo los pilares del Estado del Bienestar de Roosevelt y Nixon alumbró la Agencia de Protección Medioambiental como antesala de las energías verdes promovidas por Carter. Pero ese espíritu de consenso ya no existe y, a 150 días de las presidenciales de noviembre, dos modelos de país se dibujan en el horizonte.
Barack Obama pronuncia un discurso en Nueva York durante una gira de recaudación de fondos para su campaña de reelección. JUSTIN LANE | EFE
Puede que Barack Obama y Mitt Romney no sean tan diferentes al fin y al cabo. Los dos son reservados y calculadores, estudiaron en instituciones elitistas, pasaron temporadas en el extranjero y hasta comparten desvelos por Star Trek y el pollo picante. Pero sus políticas raramente se tocan o cuando lo hacen, como en el caso de la reforma sanitaria de uno y otro, Romney reniega como si le hubiera bendecido un apestado porque su partido y los insurgentes del Tea Party no admiten la mínima concesión al presidente. Así que estamos ante dos planteamientos opuestos, aunque haya muchos grises de por medio.
Obama es las políticas de estímulo al crecimiento, la protección de los derechos sociales y laborales, el Estado como freno a los desmanes financieros, la preocupación por el cambio climático o el derecho a las mujeres a elegir cuándo tener hijos. Para Romney, la prioridad pasa por reducir el déficit y la deuda a base de austeridad y recortes, desregular los mercados, bajar los impuestos a las élites para que su dinero cree riqueza, aumentar el poder de los estados, explotar los combustibles fósiles o combatir el aborto.
Estas visiones antagónicas son el reflejo de la polarización social que vive EEUU, aunque como reflejaba un estudio reciente, nunca en los últimos 75 años tantos estadounidenses se declaran políticamente independientes. Lo que sí parece estar claro es que Obama va tener que pelear hasta el último aliento para ser reelegido y no engrosar esa lista maldita de presidentes de un solo mandato. Las encuestas nacionales le dan solo dos puntos de ventaja a estas alturas y el futuro inmediato no pinta nada bien. La economía, el factor llamado a decidir los comicios, vuelve a dar signos de gripaje y el paro sigue en niveles difícilmente asumibles para un país que parece haber olvidado que Obama asumió el poder en medio de la peor crisis económica desde 1929.
Tras la guerra de clanes de las primarias, los conservadores han cerrado filas en torno a su candidato y su maquinaria rueda engrasada. En mayo, y por primera vez desde el inicio de la campaña Romney recaudó más fondos electorales que el presidente. Casi 77 millones de dólares frente a los 60 de Obama y los demócratas. Y el dinero va a ser fundamental en estas elecciones, las primeras desde que el Tribunal Supremo diera a las empresas la posibilidad de ser juez y parte inundando la campaña con donaciones ilimitadas.
También se prevé que sean los comicios más sucios de la historia gracias a la irrupción de los Super Pac¿s, esos comités acción política que sirven para enfangar las ondas con publicidad a favor de uno u otro candidato amparándose en una teórica independencia.
Junio podría ser un mes negro para Obama. Empezó con la subida del paro y siguió con la derrota de su partido en las elecciones especiales de Wisconsin. Pero ahí más porque el Tribunal Supremo decidirá en unos días si tumba la reforma sanitaria de Obama o parte de ella, el que es hasta ahora su principal logro en política doméstica, una iniciativa que consumió buena parte de la primera mitad de su mandato. También se pronunciará sobre la constitucionalidad de la ley inmigratoria de Arizona contra la que ha batallado su Administración en los tribunales. En ambos casos, las apuestas corren en contra del presidente.
Pase lo que pase en noviembre, el país no puede permitirse cuatro años más de fractura cainita como la que ha dominado la segunda parte de la legislatura. Las leyes mueren en el embudo del Congreso, dividido entre una Cámara de Representantes controlada por los republicanos y un Senado demócrata. Aquí también las encuestas le son poco favorables a Obama. Los sondeos predicen que los demócratas perderán la cámara alta en noviembre.