Andrea Castro tiene 22 años, recién licenciada en Historia por la Universitat de Barcelona (UB) y, como tantos estudiantes, con experiencia en el sector de la hostelería durante sus años de carrera. Ha trabajado como camarera en hoteles, con contratos a tiempo parcial para poder compaginarlo con los estudios. Ahora forma parte del colectivo de parados con derecho a la ayuda de 400 euros, pero que vieron retrasado su pago debido a un "ajuste contable", según el Ministerio de Empleo.
Andrea Castro, licenciada en Historia y receptora de la ayuda de 400 euros a parados de larga duración. DAVID NOGUERA
El departamento que dirige Fátima Báñez anunció la semana pasada que el problema estaba solventado y sus beneficiarios empezarían a cobrarlo de nuevo. La realidad es que Castro aún no ha visto ni un duro. "Que no la concedan si no la van a dar", afirma, indignada. Contaba con ese dinero para estudiar un máster, que ahora pagarán sus padres.
A Castro, que contactó con EL PERIÓDICO a través del correo de participación ciudadana entretodos@elperiodico.com, se le acabó la prestación del paro en mayo y le aprobaron en junio la ayuda de los 400 euros. "Esperaba cobrarla en julio, pero hasta octubre no tendré nada", explica. Ella no tiene personas a su cargo ni ha de pagar ningún alquiler o hipoteca (vive con su abuela), pero debe afrontar otro tipo de problemas, como muchos jóvenes: el acceso a la educación es cada vez más difícil y, a su edad, ni siquiera se plantea emanciparse.
"No es solo que no cobre los 400 euros, es que además me lo suben por otro lado", se queja, en referencia al incremento de las tasas universitarias. Su máster, de estudios históricos, ha pasado de costar 1.800 euros a 2.400 euros. Al ser presencial, tampoco puede aceptar cualquier empleo, ya que tiene que conciliar los horarios. Pero ella no quiere renunciar a la formación, para optar a un futuro mejor. Aunque ahora pinten bastos, procura ser optimista.
De momento, ha presentado decenas de currículos a colegios privados y concertados para ser profesora. No renuncia a trabajar en aquello para lo que ha estudiado, pero sabe que será más fácil encontrar trabajo en la hostelería. "No he estudiado cuatro años de universidad para eso, pero si es lo que hay, es lo que hay", se resigna. Se sabe afortunada de tener el colchón de su familia. No tiene ingresos propios, pero ya ha pensado lo primero que hará cuando llegue ese día: "Devolver el dinero del máster a mis padres".