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Rajoy se cae del caballo

Jueves, 12 de julio del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

Mariano Rajoy, en Madrid, al final del camino de regreso de Bruselas, se ha caído del caballo. No ha sido de repente y por sorpresa como Pablo camino de Damasco, sino poco a poco, de una forma tan previsible como inevitable. El presidente se ha resistido durante casi seis meses. Durante todo ese tiempo imaginó que, a pesar de las dificultades, podía cabalgar a lomos de la crisis confiado en sus habilidades, en las de su equipo y sobre todo en la creencia del efecto taumatúrgico de su llegada al poder. No ha podido ser y Rajoy, como Zapatero hace algo más de dos años, ha tenido que decir Diego donde dijo digo.

Rajoy en el Congreso, ayer. DAVID CASTRO

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Información publicada en la página 12 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 12 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

José Luis Rodríguez Zapatero dedicó su último año en el Gobierno al único objetivo de evitar la intervención oficial de la economía española. Lo logró, pero la historia apuntará la intervención blanda que acaba de consumarse a su debe y también al de Rajoy. España está, desde ayer -mejor dicho desde el martes cuando se conocieron las condiciones para la ayuda a la banca-, intervenida, rescatada o como se prefiera definir. La discusión terminológica es tan estéril como el laberinto en el que se encerró un tiempo Zapatero par evitar pronunciar la palabra crisis.

Mariano Rajoy no ha tenido más remedio que aplicar un doloroso ajuste para evitar la catástrofe, obligado por las «recomendaciones» de Bruselas. Como él mismo dijo en el Parlamento, España necesita que le presten dinero para poder pagar las prestaciones por desempleo, la sanidad y tantas otras cosas. Para conseguir ese dinero, la exigencia es la reducción del déficit porque, además, si no se hacen incluso «se ponen en peligro los servicios públicos». La cuantía del ajuste -65.000 millones- y la forma de hacerlo puede ser opinable, aunque hay poco margen, pero la necesidad de la austeridad no la discute ni Rubalcaba.

El debate que siguió a la caída del caballo de Rajoy y al anuncio del mayor y más duro ajuste de la democracia dejó en el ambiente el perfume de una especie de pacto tácito entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición. Rubalcaba, a pesar de las críticas recibidas desde su propia izquierda, sabe que, ahora mismo, no hay más alternativa que los sacrificios, aunque él pueda discrepar en las formas. Además, el jefe de los socialistas, que empieza a acariciar la idea de que todavía le queda otra oportunidad, observa cómo el PP y Rajoy se afanan en unos deberes ingratos que alguien tiene que hacer. Eso o el desastre, gobiernen el PP o el PSOE.

Rajoy llegó al Gobierno con la esperanza de un ajuste más suave. Pudo hacerlo al inicio de su mandato, pero lo esquivó. Hubiera sido duro, pero más llevadero y mejor políticamente para el PP. Ahora no le ha quedado más remedio que administrar ración doble de una medicina tan dolorosa como necesaria, aunque para llegar a esa conclusión se haya tenido que caer del caballo al regreso de Bruselas.

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