Es comprensible el disgusto de la ciudadanía con la banca y todo lo que huela a su dinero, pero no es razonable que se focalice indiscriminadamente, ahora contra el Banco Central Europeo (BCE).
Información publicada en la página 4 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 04 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El BCE no es culpable de la situación que nos toca vivir. Europa arrastra unos déficits de construcción, una aluminosis en su estructura bastante conocida, y de los que el BCE es actualmente un antídoto más que un causante. Tal y como he defendido reiteradamente, los problemas que padecemos son políticos. También en el caso español, ante una crisis de la que el Gobierno de turno esperaba ganar tiempo y el regulador, por la falta de reformas, consideraba que se perdía. La pretensión de hacer una Europa unida, con una moneda y una política monetaria única, dejando fuera, sin embargo, la política fiscal, y más aún, la política social, era problemática. Cuando Europa se ampliaba sin resolver estos déficits se huía hacia adelante, e incluso se diluía el proyecto político en la medida en que la convergencia fiscal y social se convertía en algo infactible, tal era la divergencia y la heterogeneidad de sus nuevos miembros. Y así la Unión Europea se convertía a los ojos de la ciudadanía más una unión mercantil que no en un proyecto político compartido.
A partir de estas carencias, incluso con la política monetaria como pieza pivotal, los responsables políticos han errado. Suponían que la estabilidad de precios y la estabilidad financiera iban a la vez. Ya sabemos que no. Conocíamos la regulación microprudencial (de cada banco central en su país), pero se desconocía el riesgo sistémico que se podía propagar a la Unión y, por tanto, la necesidad también de una supervisión macroprudencial que faltaba.
Los economistas han ayudado a poner piezas que cubrían parte de estas carencias y el BCE ha hecho contribuciones decisivas. Con las inyecciones extraordinarias de liquidez ha salvado los muebles de una arquitectura europea (Comisión incluida) que hace aguas. Pero no se le puede pedir ya mucho más. Con un 1% de tipo de interés, el problema no está en el BCE, sino en la prima de riesgo que algunos pagamos. Si el Tratado de la Unión Europea -votado- dice que el BCE no es la Reserva Federal de Estados Unidos en sus compromisos de velar por algo más que la inflación, podemos criticar el propósito, pero no el instrumento.
La reunión del BCE, con un presidente hasta hoy valiente como Mario Draghi, no ha hecho más que remarcar lo obvio. Ante unos mercados que sospechan sobre la solvencia financiera, nos dice «hagan y rápido». De nuevo, un encargo político del que el regulador es instrumental.
El mejor contexto para hacer estas y otras tareas no es sino el de la mejora económica. Todo se acabará «pudriendo» sin reactivación. España lo debe hacer que ese objetivo sea compatible con su austeridad. Quien no tiene que hacer políticas de austeridad son los países de Europa que hoy se lo pueden permitir. Ellos ayudan a que nosotros no muramos en el intento (eurobonos o avales selectivos en la deuda autorizada que permita unos spreads para nuestra deuda que sean soportables), y nosotros hacemos los deberes sin quejarnos tanto.