Pese a la apariencia de sus lágrimas, Elsa Fornero, ministra de Bienestar Social, es una mujer dura, que admira «el rigor puro de la matemática». Tiene 63 años, dos hijos y tres nietos. Le gustan los vestidos elegantes y pertenece lejanamente a aquella izquierda del 68, que respiró en su casa.
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Ha sido consejera del Banco Mundial sobre seguridad social y presidenta del consejo de vigilancia del banco Intesa-San Paolo, el primero de Italia. Cursó Economía en Turín y aprendió inglés leyendo novelas de Agatha Christie y flirteando en Londres con el economista Marco Deaglio, su marido. Está a favor del despido libre y ha colaborado con Il Sole 24 Ore, diario de la patronal.
Fundó el Centre for Research on Pensions ands Welfare Policies (CERP), el mayor centro de estudios europeos sobre bienestar social. Está especializada en ahorro familiar y seguros de vida. Su emoción al pronunciar la palabra «sacrificio», cuando anunciaba la congelación de las jubilaciones más altas, ha dado humanidad a la frialdad académica de un Gobierno de profesores.