En la entrada de la escuela de panadería Andreu Llargués, ubicada en la antigua fábrica textil Cal Molins de Sabadell, sorprende encontrar una cafetería perfectamente equipada. Detrás de la barra se encuentra Natalia López, una joven de 28 años de Barberà del Vallès que ha transitado desde el abandono de los estudios, un periodo como ni-ni, vuelta a la formación y, por último, recogida de beneficios en forma de empleo.
Mientras sirve cafés a 0,85 euros ve a jóvenes con los que se identifica porque ella también pasó por esa etapa. En realidad trabaja en la cafetería del centro de formación del que es exalumna. La bollería y el pan a la venta procede también de las clases del centro y que puede ver a través de un gran ventanal.
Hace 10 años, ella estaba al otro lado del cristal, pero dejó atrás el fracaso escolar y la precariedad laboral extrema para formarse en el sector de la hostelería. "Hay que aprovechar estos cursos --asegura--, porque te dan una buena oportunidad de cara al futuro. A mí me fueron muy bien".
Efectivamente, una vez acabado el curso de cualificación profesional empezó a trabajar de camarera en un restaurante, después en un hotel y después en el centro Vapor Llonch de Sabadell, del que depende la escuela Cal Molins y Andreu Llargués. "Me gusta el trabajo que hago. Estoy de cara al público y también puedo ayudar a los alumnos", dice Natalia. Pero como en todos los trabajos, tiene sus momentos complicados: "A veces vienen 30 personas de golpe a la cafetería, a las que tengo que atender yo sola, pero salgo adelante". Por las naves de Cal Molins pasan cada día unas 600 personas, entre alumnos y profesores, que participan en las clases de panadería, mecánica, cocina y ventas entre otras especialidades.
Para los alumnos del programa de formación destinado a jóvenes que dejaron los estudios secundarios, ella es un espejo de lo que pueden alcanzar en unos años. Un empleo estable para el que estarán bien preparados.
24/05/2012 Economía
24/05/2012 Sociedad