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Hubo un tiempo en que Catalunya no soñaba con la independencia sino con acoger Disneylandia. Ya en 1984, la Generalitat compitió con otras autonomías españolas para lograr que la gran multinacional estadounidense del show business escogiera Catalunya en vez de otras comunidades españolas. Todas ellas contaron con el apoyo del Gobierno de Felipe González, que se ofreció incluso a invertir 36 millones de euros en un pabellón español en el Disneyworld de Florida.
Primera piedra 8 El 'president' Pujol y el entonces empresario «ejemplar» De la Rosa, en las obras de Tibigardens (hoy, Port Aventura), en 1992. ARCHIVO / JOAN PUIG
Información publicada en la página 6 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 08 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Jordi Pujol perseguía inversiones a toda costa, de todo tipo y en todas partes. Y lograr que el primer parque de Disney en Europa se instalase en Catalunya hubiera sido un éxito muy vistoso. Pero al poco, alcanzar este triunfo pasó de ser conveniente a imprescindible para CiU a partir de 1986, cuando su archirrival, el socialista Pasqual Maragall, se había anotado el tanto de los Juegos Olímpicos de 1992 para Barcelona. Los socialistas se cobraron durante muchas elecciones locales los réditos de la organización de este evento y la espectacular transformación de la ciudad.
Pujol necesitaba la baza de Eurodisney. Pero cuando fue en 1986 a California a visitar a la cúpula de Disneylandia, ya era demasiado tarde. Los herederos del mago de Burbank ya habían apostado por París. El president no se dio por vencido. Buscó alternativas y encontró la más atractiva también en Estados Unidos: Anheuser Busch, un gigante de las industrias de la cerveza, la pastelería y la panificación, que poseía una pequeña división de centros de atracciones con parques temáticos repartidos por toda Norteamérica.
Para entonces, en 1989, la Generalitat ya tenía preparados los terrenos para el aterrizaje de la multinacional. Y mucha prisa. Los Juegos Olímpicos estaban al caer y Pujol quería inaugurar el parque el mismo año 1992. Pero al líder nacionalista le jugaron una mala pasada las veleidades secesionistas de dos municipios. Los ayuntamientos de Vilaseca y de Salou, en cuyos términos tenía que levantarse el parque y una ambiciosa urbanización aneja, se rebelaron contra la decisión del Govern. Fue tal la algarabía política y jurídica levantada, que Anheuser se echó atrás. De nada sirvió que Pujol viajara hasta uno de los parques de Anheuser en Williamsburg (Virginia) para convencer a su presidente. Ni que él, su esposa y varios consellers se montaran en el estremecedor dragon khan de allí. La que tenía que ser «la mayor inversión extranjera de todos los tiempos en Catalunya», en palabras del propio president, naufragó. Pero Pujol no arrojó la toalla.
Esta vez buscó aliados dentro del país. Y quién mejor que el entonces pujante Javier de la Rosa, el hombre de los petrodólares de la Kuwait Investment Office (KIO). El Govern buscó la experiencia (know how) de los estadounidenses estudios Universal y, con el generoso capital de origen opaco de Tibigardens, Pujol consiguió poner la primera piedra del complejo tarraconense. Fue un día para los anales, pero no por el inicio de las obras, sino porque fue entonces cuando Pujol pronunció una de las frases que más le han restregado sus adversarios: «De la Rosa es un empresario ejemplar».
El fraudulento castillo de naipes de De la Rosa tardó poco en caer con estrépito y con muchas víctimas de sus estafas. Más quebraderos de cabeza para Pujol en busca de dinero para el parque, con tantos dueños como nombres: Busch, Tibigardens, Port Aventura, Universal Port Aventura, Universal Mediterránea y, al final, Port Aventura otra vez. Entonces --como ahora--, apareció la mano salvífica de La Caixa para sacar del atolladero al Govern convergente.
La marca Barcelona
Ya en 1989, los planes de la Generalitat preveían, además del parque temático, la erección de seis hoteles, 595 plazas de párking, 22.000 metros cuadrados de restaurantes y salas de espectáculos, tres campos de golf de 18 hoyos, 2.500 casas individuales y 3.000 viviendas colectivas, 95.000 metros cuadrados de tiendas y 40.000 metros cuadrados para un centro de congresos.
Todo ello debía acometerse en una segunda fase. Con otras cifras y otros presupuestos, los conceptos son similares a los de ahora, que, casi 25 años después, prometen los padres de Barcelona World. Una denominación esta, por cierto, que los convergentes nunca hubieran bendecido entonces, cuando identificaban la marca Barcelona con la hegemonía municipal socialista y con Maragall.