Término poco socorrido hasta ahora para hablar de la eurozona y cómo salir del embrollo actual. Lo utilizaron ayer en el IESE para titular una sesión de análisis de actualidad de la que dieron cuenta, horas antes, los profesores Antonio Argandoña, Alfredo Pastor y Xavier Vives. La elección de la palabra, como analogía, parecía partir del recuerdo de que a lo largo de la historia se han construido dos tipos de laberintos: los que conducen por distintos caminos a un centro único, y los que a partir de una entrada hay que alcanzar una salida por el otro extremo.
Información publicada en la página 28 de la sección de Economía de la edición impresa del día 25 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
¿En qué trazado estamos? Los economistas de academia, o sea, los de investigación diaria, se encargan de advertir de que una resolución del laberinto en forma de salida por el otro extremo, que los países más débiles abandonen la eurozona, es posible, pero los costes son tan incalculables que se forzaría en exceso un principio científico tan elemental como la racionalidad. La otra opción es la que no hay decisión suficiente para emprenderlo: dirigirse al centro y recordar que la desembocadura natural es más Europa. Eso sí, los que han hecho más paradas para consumir lo que no se debe, el caso español, ya saben lo que les toca: adelgazar, cambiar de dieta y no fiarlo todo al hilo de Ariadna del BCE.