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ECONOMÍA INTERNACIONAL

Drones sobre Davos

En el lema oficial del encuentro se ha eliminado la alusión a las desigualdades planetarias

De las nuevas tecnologías se destaca, en cambio, su capacidad de destrucción de empleo

Martes, 19 de enero del 2016 - 18:36 CET

Preparativos del Centro de Congresos de Davos, Suiza, sede del Forum Económico Mundial

El foro anual de Davos (Suiza), como cada final de enero desde hace 46 años, arranca una nueva edición de concentración de poderosos. Allí están no solo los que mandan sino los que les instruyen sobre cómo hacerlo. Desde hace tres años, los organizadores han conseguido marcar la agenda de los poderosos proponiendo los eslóganes que quieren consolidar. Este año toca la Cuarta revolución industrial y sus efectos. Alude a la aparición de tecnologías impensables hasta hace poco, sus aplicaciones inmediatas y, sobre todo, el descontrol sobre su dominio. El símbolo elegido son los drones.

Davos se hace llamar, y así lo reproducen los medios, el World Economic Forum (WEF), un foro económico mundial. No deciden, pero acumulan poder y relaciones por encima de la ONU. El veterano Klaus Schwab (77 años), un gran componedor internacional desde hace décadas, ideador del WEF, volverá a reunir las mejores élites mundiales, como cada año. ¿Éxito? Más que discutible, porque los políticos ya se reúnen cuando quieren y donde quieren, sin necesidad de acudir a la Montaña Mágica.

Otra cosa es la economía mundial y la capacidad de Davos de que es ahí donde se decide lo que va a ocurrir los próximos meses y años. A corto plazo, Davos apenas acierta. El récord de sonrojo fue en enero del 2007: la caravana de predicadores del triunfo del capitalismo financiero se paseó como nunca por las cumbre nevadas organizando fiestas memorables. Seis meses después aparecieron la hipotecas a familias insolventes en EEUU.

¿Ocaso de Davos y sus profecías? No. Rectificación de sus organizadores. Nada de inmediatez, tendencias a largo plazo. Y ahí sí que acertaron. Hace tres años, en  Davos-2013 se proclamó el final de la crisis financiera (y el capitalismo imperante quedaba indemne), se felicitaron de que el BCE salvara a los países más perjudicados de la UE, y anticiparon, erróneamente que Asia y África tenían futuro. Advirtieron también que la recuperación en ciernes no comportaría la reducción del paro. Se ha cumplido con creces.

Schwab y sus asesores, no obstante, cambiaron de estrategia a partir del año siguiente. La cumbre de Davos recuperaba el largo plazo, las propuestas sobre el futuro de la economia mundial. En el 2014 apareció un lema de la reunión que parecía ureconocer los estragos de años anteriores. Crecimiento, desigualdad, reequilibrio advertía de lo sucedido y sues efectos: la desigualdad ya está en todas las agendas políticas. El reequilibrio (programas de choque, lo llaman los menos ambiciosos), solo aceptado por una parte de los gobernantes. Parecía que Davos reaccionaba… en defensa propia. Al año siguiente, 2015, se siguió con la tendencia de lemas fáciles de asumir: Geopolítica, multipolaridad, desconfianza. De fondo, apenas difundido, la lucha por los recursos naturales, desde el agua hasta los minerales de nombres estrambóticos (itrio, neodimio, europio, terbio, disprosio) imprescindibles para fabricar productos tecnológicos de nueva generación.

Este año Davos ha eliminado cualquier atisbo de preocupación por los desequilibrios sociales. Solo hablan de la cuarta revolución, pese a saber que aumentará la diferencia entre ricos y pobres y que, según un estudio promovido por la organización, se saldará con cinco millones menos de empleos hasta final de la década.   

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