Joan Tapia
Periodista
A la hora de escribir -el lío es descomunal- parece que el Banco Financiero y de Ahorros (BFA), que tiene el 45% de Bankia, será nacionalizado. Debe serlo porque según la auditoría de Deloitte -no pública pero filtrada- el BFA se ha quedado sin capital. La participación en Bankia está contabilizada en 12.000 millones cuando su valor en bolsa es de 2.000 y el contable 8.000. Reducir a 8.000 la valoración no se puede hacer con cargo a beneficios (sólo suman 50 millones). Hay que amortizar el capital y convertir el crédito de 4.465 millones del FROB en capital. Luego habrá que ver los planes del nuevo presidente, Ignacio Goirigolzarri, el sustituto de Rodrigo Rato.
Colas de clientes en una sucursal del Banco Atlántico en Madrid, tras la expropiación de Rumasa, en 1983. ARCHIVO / EFE
Información publicada en la página 6 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 10 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Así, el camino de Bankia (fusión de Caja Madrid y la valenciana Bancaja) no habrá sido tan distinto del de CatalunyaBanc o Unnim. A Bankia se le permitió la salida a bolsa (pobres ahorradores) y ahora no será subastada. Pero el Estado también va a hacer de bombero de una mala gestión privada.
No es nada anormal. En la crisis del 2008, Gran Bretaña tomó paquetes mayoritarios en la gran banca (que luego vendió con beneficios) a cambio de ayudas. Y algo así pasó en Estados Unidos. El fundamentalismo liberal dice que el Estado es el problema (a veces es cierto) pero cuando hay un incendio, el Estado tiene que hacer de bombero. No sólo en la banca. Ahí está la intervención de Obama en General Motors.
En España hay precedentes. En 1983 Miguel Boyer expropió los 22 bancos de Rumasa, controlados por Ruiz-Mateos. La derecha gritó contra el socialismo, pero Boyer reprivatizó y su trayectoria posterior demuestra que no nacionalizó por ideología. Lo mismo pasó en los 90 cuando el gobernador del Banco de España Ángel Rojo intervino Banesto que con Mario Conde oscilaba entre un banco agresivo y un proyecto político personal. Y cuando un banco acaba mal, tiene volumen y es sistémico tiene que ser salvado por el Estado. Luego Banesto no acabó en manos de Ferraz, sino en las de Emilio Botín.
El caso de Bankia y de las cajas es otro. La clave fue un crecimiento rápido y sustentado en el inmobiliario (las cajas han invertido ahí 151.000 millones y la banca 69.000, el 19% y el 11% respectivamente de su cartera privada de créditos). Y cuando el boom pinchó vino el llanto y crujir de dientes. Zapatero tardó en darse cuenta de que si la crisis duraba los créditos al promotor serían algo parecido a las subprime americanas. Había que transformar a las cajas en bancos para que pudieran pedir capital y cubrir pérdidas.
Ha habido cajas -La Caixa, pero también la Kutxa, Ibercaja o Unicaja- que han superado el proceso. Otras se han fusionado y han acabado nacionalizadas (el FROB es su primer accionista) y luego subastadas (la CAM es del Sabadell y Unnim del BBVA).
El caso de Bankia es singular porque tanto Caja Madrid como Bancaja eran dos grandes cajas con exceso inmobiliario y además ligadas al poder político autonómico. En Caja Madrid hubo, cuando el relevo de Miguel Blesa, lucha feroz entre aguirristas y gallardonistas. Al final, Rajoy -con el visto bueno del Banco de España y de José Luis Rodríguez Zapatero- decidió que Rato era la persona adecuada para reflotar la entidad.
Poca rentabilidad
No lo tenía fácil. Mientras en Catalunya Jordi Pujol (luego Pasqual Maragall y José Montilla) fue poco intervencionista, en Madrid y Valencia hubo mangoneo. La lista de participadas de Bankia (Iberia, NH, Metrovacesa, Sacyr) es muy pobre de rentabilidad al lado de la de La Caixa (Telefónica, Gas Natural, Repsol, Abertis). Y una cartera de participadas no se construye en una semana.
Rato ha tenido errores. Nadie entendió, por ejemplo, el fichaje de un banquero de gestión patrimonial y proveniente de Banca March (una banca boutique), para enderezar un conglomerado de malos créditos, inversiones pintorescas y sargentos chusqueros.
Lo más extraño es que el Gobierno Rajoy lanzara en febrero un plan «definitivo» para sanear la banca, obligando a dotaciones por valor de 50.000 millones (nada menos que un 5% del PIB) y no reparara en que la debilidad de Bankia -la cuarta entidad financiera y por tanto sistémica- inquietaba al BCE, al FMI y a los mercados. Y tampoco se entiende que ahora -quizás para compensar- se estudie obligar a la banca a 40.000 millones mas de dotaciones. Un 4% del PIB.
Ante la crisis bancaria, Zapatero pecó de optimismo y grandilocuencia. Ahora Rajoy no le va a la zaga en gesticulación. El pecado común es la improvisación. Ahora al Estado debe hacer, una vez más, de bombero. Correcto, pero su eficacia no dependerá de la intensidad de la sirena sino de la capacidad para controlar el fuego.