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El discurso pesimista dice que son tiempos de individualismo salvaje, que a nadie le importa nadie, que todo el mundo va a la suya. La realidad nos demuestra que cada día hay más personas que tienen ganas de estar con otras personas, de compartir aficiones y recursos, de dar lo mejor de sí mismas, de aprender de otros y dejar que otros aprendan de ellos. A continuación les ofrecemos cuatro ejemplos que prueban que juntos no solo lo hacemos mejor: también lo pasamos mejor

Juntos lo hacemos mejor

Jueves, 21 de marzo del 2013 - 12:52h. Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
IMMA MUÑOZ / Barcelona

El Club de Teatro, durante un ensayo.

"Los nervios y el cansancio se disipan cuando suenan los aplausos"

José Luis Martínez, fundador y productor del Club de Teatro

La frase de José Luis Martínez, fundador y productor del Club de Teatro ligado a la oenegé Concordia, podría estar en boca de cualquier profesional de las tablas. Y es que tal vez en su grupo todos sean 'amateurs', pero la filosofía de trabajo -"y el resultado", asegura él- no dista mucho de la que tienen las compañías que pueblan las carteleras. "Ahora repartimos el texto y la semana que viene empezamos a leerlo. Tendremos un mes de lecturas, un par de meses de ensayos y luego ya llegarán los ensayos generales. Y las funciones", explica él. El año pasado fueron seis en su teatro, ubicado en el colegio Mare de Déu del Coll -perteneciente a la congregación de los Sagrados Corazones, que también es la fundadora de la oenegé-, y algunos bolos que les salieron en otros teatros, uno de ellos en Madrid. Este año le gustaría que fueran más: "Cuando empiezas a dominar la obra y a disfrutar de verdad, se acaban las funciones", lamenta.

El público que va a verlos siempre pasa por taquilla: las entradas cuestan entre 6 y 8 euros, y los beneficios se destinan íntegramente a los proyectos que Concordia lleva a cabo en lugares como Ruanda, la República Dominicana o Camerún. "El año pasado recaudamos unos 6.000 euros, que, sobre el terreno, dan para mucho. Incluso para construir casas", explica Florentino Flórez, el director de la fundación en Barcelona. Su vinculación con la compañía no se limita a dar un buen fin a la recaudación: también ejerce de regidor y de apuntador.

Como el resto del grupo, pues, él acude un día a la semana al principio y dos y hasta tres a medida que se acerca la fecha de estreno (y siempre a partir de las nueve de la noche, cuando ya lo que apetece es arrellanarse en el sofá) a hacer realidad un sueño artístico que tiene mucho de solidario.

Una gran familia

El Club de Teatro, con su veintena de miembros de edades comprendidas entre los 67 del mayor y los 17 del más joven, es como una gran familia que está de celebración. Cinco años cumple encima de las tablas, una cifra aún modesta pero que dice mucho del compromiso de los que están allí desde la primera función, una adaptación de 'Tres sombreros de copa' en la que se permitieron licencias, en su línea habitual, como incorporar nuevos personajes para que todo aquel que quiera actuar tenga un papel. Entre esos pioneros están José Luis, el fundador, y Marga Fernández, su mujer, que es, además, el principal enlace entre el teatro y el colegio que lo acoge: es la jefa de estudios de ESO. Algunos de sus antiguos alumnos comparten escenario con ella, y también algunos compañeros como Maria Beltri, profesora de catalán del centro que en la compañía se reinventa como actriz y maquilladora.

Lo de la familia es, en el caso de la actriz Blanca Ledesma, literal: su madre, Tina Borrella, es la encargada de vestuario; su padre, Antonio, es también actor, y su pareja, Carlos Gallardo, se encarga de la asistencia escénica. Ella no tiene que dar explicaciones cuando llega tarde a casa. Paco Armenteros, actor y director, no tiene esa suerte: "Anda que mi mujer está contenta...", bromea. No es raro que se les hagan las 12 de la noche ensayando, pero en general sus familias no se quejan: "El hecho de que el grupo de teatro tenga también un fin solidario ayuda a que lo entiendan. Y también lo orgullosos que se sienten luego cuando ven el resultado de nuestro trabajo".

Paco, que también tiene a su hijo, David, en la compañía, lleva toda la vida encima de las tablas. Nunca se ha dedicado profesionalmente al teatro, pero desde los 16 años ha formado parte de varias compañías de barrio. Con su experiencia, determinante para que le nombraran director cuando llegó al grupo, contrasta el natural nerviosismo de los que debutarán en la obra de este año, que César Fernández acaba de adaptar. Bea Salguero, Cristina Gómez y Ana Grima son las últimas que se han animado a sumarse al proyecto. José Luis confía en que suceda con ellas lo que ocurrió la primera vez que Blanca subió al escenario: que no la conoció ni su madre. "Estaba tan transformada, con lo tímida que ella es, que nos dejó a todos con la boca abierta", dice el productor.

Y es que en ella se operó la magia del teatro: la misma que este mes de junio, cuando los más jóvenes de la compañía hayan acabado los exámenes, convertirá el sencillo escenario del colegio Mare de Déu del Coll en uno de tronío, con sus telones negros y su alfombra roja. "Para hacer llegar el teatro a los vecinos del barrio, para traerles uno de verdad a casa", concluye José Luis. Y también para llevar casas a los que no tienen ni eso.

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