El día que asesinaron a Kennedy entró una señora en la granja y dijo: 'Han matado a Kennedy'. Y los que estábamos allí pensamos que la señora estaba borracha». Esta es una de las muchas anécdotas en la Granja Canigó, el establecimiento donde la madre y la tía de Jaume Figueras despachaban nata y leche fresca que el padre del director de Cinema 3 (TV-3) recibía en una nave de la calle de la Cadena (Raval). «Allí él hacía la pasteurización de la leche que traían los ganaderos de la provincia de Barcelona y la distribuía por diferentes granjas, como la que llevaban mi madre y mi tía, con los delantales siempre almidonados -enfatiza- y en la que yo también empecé muy pronto a despachar leche y nata», rememora.
Patrimonio El centro vital de Sant Antoni«POCAS VECES NOS DETENEMOS A CONTEMPLAR EDIFICIOS COMO EL DE ESTE MERCADO. HUBIERA SIDO UN PECADO NO SALVARLO», DICE FIGUERAS DAVID NOGUERA
Información publicada en la página 52 de la sección de Distritos de la edición impresa del día 24 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La antigua Granja Canigó, situada en el número 32 de la calle de Urgell, es hoy Rekons, un bar restaurante que sirve empanadas argentinas con muy buena reputación, igual que sus tartas y muffins caseros. Desde el interior, se puede ver sobre la tienda, la vivienda en la que residió Jaume Figueras hasta los 18 años con su familia. «Nuestra granja era radio Sant Antoni», explica el cronista de cine, refiriéndose a todas las informaciones y cotilleos que la clientela intercambiaba en su comercio en un barrio en el que «todavía hoy, para muchas personas, sigo siendo el nen de la lechería. Y decían y dicen lechería, aunque hablen en catalán», remarca Figueras.
Leche, publicidad y cine
Jaume Figueras, que ha sido premiado este año por el Gobierno de Euskadi por la difusión de la imagen del País Vasco y del Festival de Cine de San Sebastián, tenía 7 u 8 años cuando, subido a una tarima de madera, servía a la clientela en el negocio familiar. Lo hizo hasta que se fue a la mili. «Estuve en artillería antiaérea durante 20 meses. Fui como voluntario, para poder quedarme en Barcelona», explica quien, antes de dedicarse a las crónicas cinematográficas, fue publicista.
«Yo solo había intentado estudiar un poco de Química, pero no continué. Me puse a trabajar en la distribuidora CB Films y, estando allí, se produjo una baja en el departamento de publicidad. Aunque era muy joven, me nombraron jefe de publicidad. Fue un acierto, en realidad, haber aprendido antes bien el inglés», dice el vecino de Sant Antoni.
En aquel entonces, el cine ya formaba parte de su vida. «De pequeño, iba con mis padres a los estrenos de las películas, entre semana, porque ellos los sábados y domingos tenían mucho trabajo. El fin de semana, volvía a ir al cine con mis amigos», recuerda. «Íbamos al Floridablanca, que primero se llamó Florida y luego Florida Cinerama, antes de ser Renoir Floridablanca», especifica Figueras. «Hacían programa doble. La peli buena era una americana y la mala, una española», dice. «Recuerdo que yo era crío, crío, y me sentaba en aquella platea enorme, cuando se podía fumar en los cines y la gente se levantaba para ir al lavabo y se paraba en el pasillo. Yo siempre creía que aquellas personas eran los actores que salían de la pantalla para fumar», confiesa.
En ese mismo cine, él sí que fue actor, bueno, más bien figurante. «Fue en la película En la ciudad (2003), dirigida por Cesc Gay y protagonizada por Mònica López y Eduard Fernández. En mi intervención, salíamos del cine hablando», detalla el actor en su barrio.
Cien metros vitales
Apenas 100 metros de distancia condensan las vivencias cotidianas de Figueras en su barrio de toda la vida. Algunas de ellas se transforman con el tiempo. «Poco a poco han ido desapareciendo quioscos. Aquí en el barrio han cerrado tres en muy poco tiempo», lamenta el televisivo vecino. Del Sant Antoni de su infancia recuerda la gran vida de barrio que se hacía. «Los dueños de las tiendas, el barbero, el de las bicicletas, en la lechería, sacaban las sillas y se sentaban a hacer tertulia», cuenta. «Hoy, Sant Antoni todavía hace mucha vida de barrio. Aunque sus calles sean tan amplias, no como en Gràcia, donde se presta más la relación con el vecindario por sus pequeñas calles y aceras, aquí también los vecinos salen a sentarse al fresco», afirma Figueras, satisfecho de tener «de todo» cerca de donde vive. Y está especialmente admirado por los parques que aprovechan el interior de las islas de las manzana del Eixample, donde suele ir a esperar antes de entrar en el cine. «Hay uno dedicado a Pere Calders, otro a la realizadora de TV Mercè Vilaret, lugares donde se está muy bien». En esos oasis, Figueras busca la calma que ambulancias y autobuses, una vez en la calle, anulan.