Desde la plaza de Eivissa, calle de Horta abajo, se llega entre un paisaje de casas bajas hasta la de Santes Creus. Y allí al fondo, la calle se ensancha para descubrir al visitante un tesoro. Es el corazón de la antigua Horta: la plaza de Santes Creus. El silencio y la tranquilidad envuelven el lugar «cien veces remodelado», afirma Pere Llobet. «Está muy arreglada, pero no es lo que era», añade este vecino de Horta, de 85 años, sentado en una de las sillas que rodean --desde la última remodelación, en 1997--la fuente que preside la plaza desde 1904.
Información publicada en la página 48 de la sección de Distritos de la edición impresa del día 08 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Cuatro farolas, cuatro caños, cuatro fregaderos de hierro en un solo cuerpo de metal, ancho en la parte inferior y esbelto en la superior, con los escudos de Barcelona. No es una fuente cualquiera, es una réplica de la de Canaletes. «Fue un regalo del ayuntamiento de Barcelona el año que la villa de Horta pasó a ser un barrio de la ciudad, en 1904», explica Carlota Giménez, historiadora y vecina de Horta. Un regalo envenenado para muchos hortenses de entonces, ya que simboliza la pérdida de la independencia de Sant Joan d'Horta. Paradojas de la vida: el símbolo de la anexión convive con el de la independencia. Sí, el edificio situado en la esquina de la calle de Santes Creus -- Centre de Serveis Socials desde 1986-- albergó hasta la anexión la Casa de la Vila.
En realidad, se construyó en 1768 para establecer el consejo municipal, dependiente de la parroquia de Sant Genís dels Agudells. Pero el núcleo urbano de Horta fue creciendo en torno a la plaza Major, hoy de Santes Creus --entonces contaba con 1.872 habitantes en 492 edificios--, lo que llevó a su reconocimiento como municipio independiente en la segunda mitad del XIX. Así, en 1897 el arquitecto Claudi Duran i Ventosa remodeló el edificio que albergaría la Casa de la Vila hasta su anexión definitiva a Barcelona, en 1904.
Desde este consistorio se presentó en 1887 una exposición de motivos contra la anexión. Horta «no ha intervenido en ninguna de las nombradas operaciones porque su situación topográfica, sus escasos recursos, su división y su accidentación demuestran por sí solo (…) que nunca podrá reunirse por completo no solo a Barcelona sino a ningún pueblo de su alrededor», argumentaba. La resistencia cayó en saco roto y el consistorio celebró su último pleno el 30 de diciembre de 1903.
Tras la anexión, se urbanizó la plaza de Eivissa, que desplazó con el tiempo a la de Santes Creus. Pero hasta principios de los 50, la plaza latía de vida. «En 1951 la plaza de Eivissa acogía las paradas del mercado, el centro neurálgico era la plaza Major», dice Giménez.
Nadie lo diría, tan solitaria hoy, pero la plaza de Santes Creus era escenario principal, cada mes de septiembre, de algunos actos de la fiesta mayor del barrio --que se remonta a 1831--. Durante años las mujeres desvelaban allí, en el baile principal, su secreto mejor guardado: el vestido largo confeccionado para la ocasión. Más tarde, la plaza se meció al ritmo de las havaneras y el cremat.
Ahora, la bullanga de la plaza emerge de noche, desde el local Samba Brasil, ubicado en otra superviviente de Horta, la masía de Can Gras (siglo XVII), que antes que local de moda fue almacén de hierro, carpintería, taller de forja, tienda textil y sede de CDC en Horta (1985). Un recuerdo más en esta plaza, una pequeña sombra de lo que fue en el pasado, que brilla solitaria de día, y al caer la noche, vibra entre combinados y música brasileña.
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