Las flores y las plantas marcaron una vocación que la adolescente Carme Romero no tenía clara. Sin embargo, con ese apellido, ella ya estaba predestinada de nacimiento. A los 16 años, empezó como ayudante en la parada número 17 de la Rambla, frente a la Virreina, una floristería que ha cumplido 156 años. Romero repartía ramos y despachaba flores y plantas para ganarse un sueldo. Lo que al principio fue un simple trabajo, se acabó convirtiendo en pasión por el arte de preparar ramos. Tomó el relevo de los propietarios cuando estos se jubilaron y desde 1990 regenta el puesto de flores.
Información publicada en la página 48 de la sección de Distritos de la edición impresa del día 16 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
—¿Cómo ve usted la Rambla en su día a día laboral?
—Uy!! No hay dos días iguales. A mí, 10 horas aquí se me pasan volando y esa es otra de las razones por las que me gusta mi trabajo. Cuando empecé, no sabía a qué quería dedicarme en la vida, pero sí tenía claro que no deseaba estar en un sitio cerrado. Y trabajando en esta parada lo he conseguido. Tenemos nuestros horarios, de 8 de la mañana a 9 de la noche, pero te escapas a tomar un café y, al fin y al cabo, siempre estás en la calle. Y, además, es entretenido porque por la Rambla pasa al cabo del día mucha gente y muy variada. Todos los turistas la visitan.
—Pero ellos, ¿compran flores?
—No. Por lo general, no. Son turistas internacionales que pasan estancias cortas. Les encanta pasear, pero no compran flores. Nuestros clientes siguen siendo los autóctonos, aunque estamos notando mucho que están renunciando a la Rambla. Se encuentran incómodos en ella y sienten que la están perdiendo. Es una lástima porque, en realidad, no ha cambiado tanto, sigue siendo agradable pasear. Creo que muchos hablan desde la distancia y la mala fama se incrementa cuando el conocimiento no es real. Igual que la merecida buena fama, porque a veces se sobrevalora a la Rambla.
—¿Se le tiene miedo a la Rambla?
—Sí, hay quien teme los robos, pero en la Rambla el robo es más por despiste. Es lógico que vengan carteristas, saben que aquí vienen muchos turistas a pasear abstraídos. Pero también hay mucha vigilancia policial. En el metro, hay más robos que aquí. Me parecen injustos ciertos comentarios que se hacen, cuando hay gente que pasamos muchas horas en la Rambla y con ganas de implicarnos todavía más.
—En la Associació de Floristes de la Rambla que usted dirige ¿qué temas les preocupan?
—La vigilancia policial, no solo por los carteristas, también por los trileros. Como su actividad no se considera delito, es más difícil erradicarla. Lo vemos cada día, la policía viene y ellos se van, pero al cuarto de hora, vuelven. Pero lo que más nos preocupa es cómo hacer que los catalanes vuelvan a la Rambla. Pueden reconquistarla, igual que se podría modificar la transformación de algunas paradas porque sabemos que no han tenido aceptación. Con nuevos productos y otra estética, se consigue.
—¿Tienen en mente algún proyecto que ilusione a los 16 floristas?
—Sí. Todavía es muy embrionario, pero queremos organizar un congreso internacional de flores, llenar las ramblas con flores y floristas de todo el mundo. Sabemos que debemos apostar más por aquellos proyectos festivos y positivos y dejar los enfados a un lado.
—Sobre todo ustedes que venden algo tan especial como flores. ¿Tenemos cultura floral?
—No, aquí sobre todo se compran las flores por impulso. O bien porque el cliente viene a descubrir el producto. Casi nadie sabe qué flores prefieren sus más allegados.
—Y usted, ¿qué les aconseja?
—Ante la duda, les digo que elijan la flor que más les gusta porque así, con esa flor están hablando de cómo son ellos. Además, regalar flores ya es un detalle en sí. No es tan importante acertar y tampoco lo que digas en la tarjeta.
—¿Qué siente al ir a llevar un ramo?
—Es emocionante y divertido. Yo, además, soy bastante showman, bueno si veo que la persona se presta. Es un momento muy bonito. Por eso pienso que deberían enviarse más flores al trabajo.
—¿A usted le han entregado muchos ramos?
—Seguramente no tantos como me hubiera gustado. Pero también disfruto con una caja de bombones.