A veces, una manifestación puede parecerse a una macedonia. Es decir, a una conversión de diferentes frutas en un mismo cuenco. Cada una va a la suyo aunque coincidan en el tiempo y el espacio. Otras veces, una manifestación es un campo lleno de albaricoques. Es decir, todos lo son y todos quieren serlo. Lo escribió hace años el gran Joan Sales -homenajeado en la Ciutadella por la mañana- y estos días se ha repetido sin cesar: «Me siento catalán sencillamente como un albaricoque se siente albaricoque y no melocotón». La bochornosa, extenuante, intensa tarde barcelonesa de este histórico 11 de septiembre fue una algarabía y una concentración consciente de la fruta que siendo una fruta en concreto se siente esa fruta y quiere que dejen de confundirla con las demás del mercado. Una fruta con identidad propia.
Información publicada en la página 8 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 12 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Una manifestación también puede ser una vía láctea, un firmamento, con sus planetas y sus satélites, con sus agujeros oscuros y sus big-bangs, sus estrellas, sus astros y sus sistemas autónomos de rotación y traslación. La de ayer fue este firmamento, con una estrella que descollaba entre todas (la de la independencia) y con microcosmos que se extendieron más allá del recorrido oficial. Hubo vías laterales y submanifestaciones y unos cuantos, mientras ya llegaban los primeros a Marquès de l'Argentera, todavía estaban en Consell de Cent, observados por una gigante Kate Moss que miraba fijamente sin enterarse. Estos decidían largarse de la marcha al cruzar la Gran Via, dejando que la multitud se dirigiera hacia la Ciutadella mientras ellos emprendían el retorno a casa después de una dura jornada de sentirse albaricoques y proclamarlo. Pero se encontraban a otros como ellos, en la Rambla de Catalunya, en otras calles del Eixample, repletas también de hormigas gigantes en forma de autocares, y parecía como si la manifestación fuera eso, un firmamento, o un sistema sanguíneo, con sus venas y sus arterias y sus ramificaciones y su vasos comunicantes.
Riego por aspersión
En el trozo del paseo de Gràcia que ocupé durante unas dos horas ocurrió, durante esas dos horas, de todo. O casi de todo, como en otras partes de la manifestación, en cada una de sus cuadrículas autónomas. Entre Aragó y Diputació, por ejemplo: una madre cambió los pañales del bebé mientras el padre le mantenía el culo en el aire; otra madre ametralló a su hija adolescente para que posara («que es vegi bé l'estrella, nena!»); unos castellers levantaron torres humanas; dos o tres grupos de grallers levantaban ánimos sedientos y, hablando de sed, desde los balcones de la fachada de Max Mara, unas cuantas almas caritativas regaron por aspersión al personal manifestante con botellines de 50cc, primero; de litro, después, y, finalmente, con garrafas familiares.
De hecho, lo importante de esta Diada no fue la manifestación en sí, ese especie de recuento de catalanes que quieren largarse del huerto y demostrar a Europa su albaricoquería tozuda y su tenaz dignidad. Lo importante, creo yo, no fue comprobar que el grito de «in-inde-independència», con su soniquete un poco redundante, es la única variante que triunfa en la lista de éxitos soberana. No fue lo más decisivo la demostración de fuerza y de convicción en un día y en una hora concreta, pacífica, festiva, casi radiante.
Japoneses solidarios
Lo más emocionante, sin duda, se vivió por la mañana, y también antes de empezar la marcha. Ver a un grupo de caminantes siguiendo la vía del tren en Moncada que venían de no sé dónde. Seguir los pasos de un chaval que quería que su bandera se viera a lo lejos y se fue a un comercio paquistaní a comprar dos palos de escoba para montar una especie de palio laico. Comprobar cómo mucha gente aprovechó el día para pasearse y comer en Barcelona, para hacerse fotos con una pancarta que decía lo del nuevo Estado de Europa en alemán o con unos japoneses que levantaban el índice y comentaban, en inglés, «estamos con vosotros». Subir por Via Laietana dos horas antes del inicio y darse cuenta de que no se trataba de una exageración o del tipo de algarabías que temía Rajoy, sino de un sabroso plato de albaricoques al punto. Ver cómo un padre contestaba la pregunta de un turista italiano («Chè cosa stati manifestando?») con la respuesta del cartel que había escrito su hijo pequeño: «L'avi Xavier va lluitar per l'Estatut; l'Albert, el pare, ho fa per la independència; jo viuré en un estat propi d'Europa».
Puede que entre los cientos de miles de manifestantes de ayer más de uno estuviera de acuerdo con lo que cantó George Brassens. El día de la fiesta nacional es mejor quedarse en casa, en la cama y pasar de ritmos marciales. Pero a muchos de los que firmarían algo así les gustaría bastante saber qué sonido tiene, en la cama, el nuevo himno posible, para después, si se tercia, decidir retirarse a descansar. En eso también consiste tener un estado propio.
Este martes emocionante pasará a una historia que todavía no sabemos cómo acaba. Al final, la madre dejó tranquila a su hija: «Sí, ahora, sí, perfecto. Ahora sí se ve la estelada».