Emilio Pérez de Rozas
Periodista
Se lo dije ¿recuerdan? Habría días en que Tito Vilanova acudiría directamente desde el campo de entrenamiento, sin pasar por la ducha, a la sala de prensa de la Ciutat Esportiva Joan Gamper. Este sábado, por ejemplo. Para empezar. El primer día. Primera día auténtico de entrenador, primer día con uniforme de mister. Y discurso de entrenador. Discurso sereno, tranquilo, insinuando cosas que ni el mismo Pep Guardiola hubiese revelado ("sí, Cesc se encuentra más cómodo en el 3-4-3") y, sobre todo, recordándole, de nuevo, a la platea, que si buscan titulares encontrarán poquitos.
Tito Vilanova, antes de dar la rueda de prensa previa al primer partido de la Liga, este sábado. JORDI COTRINA
Y es que, en ese sentido, tiene muy claro que a muchos les gustaría que tuviese o más ganas de ruido o más ganas de ser algo más que un entrenador. Y, no, él siempre fue un entrenador. Es más, es lo único que le gusta de ser entrenador: entrenar. Lo demás lo hace con el mismo estilo pausado, meditado y reflexivo. Si algún día tuvo la tentación de ser otro, hace mucho que dejó de pensarlo.
En realidad es que nunca quiso ser otro. Por eso, tal vez, se sintió tan cómodo, tan feliz, tan realizado y tan protegido al lado de Guardiola. Ahora le toca asumir su papel, pero Vilanova decidió, desde el primer día que le dijo que "sí" a Andoni Zubizarreta, que fue de inmediato ("alguien debía de dar el paso"), que no estaba dispuesto a cargar, por carácter, por personalidad, por profesión y devoción, con la mochila que cargaba Pep.
El Vilanova que mañana debutará, a lo grande, en el Camp Nou es otra cosa. Por fortuna para el barcelonismo, sobre el césped estarán los mismos que hicieron crecer a este club, los mismos que convirtieron a este equipo en glorioso y, dirigiéndolos, alguien que solo quiere ser su entrenador. Alguien que considera que eso, ser su entrenador, es el mayor reconocimiento y placer que técnico alguno puede tener al alcance de su mano. Y si a alguien le molesta que, además de querer ser solo su entrenador, sea un tipo sereno, tranquilo, reflexivo, amigo y cómplice, que se lo haga mirar.
No olviden nunca que a este hombre le parece casi tan incorrecto meterle el dedo en el ojo a un adversario como replicar a esa agresión. Hace falta ser demasiado bueno (y tranquilo) para pensar así.